Sería una lástima

Enero 29, 2017 - 12:00 a.m. Por: Francisco José Lloreda Mera

Una mezcla de emoción, curiosidad y respeto recorre mi cuerpo. Una mirada en ráfaga -de aquellas que desean verlo y abarcarlo todo-, y un recorrido inquisidor y a veces errático, me conducen como por hipnosis, hasta uno de ellos. Lo tomo en mis manos, lo abro y lo cierro, aprecio su lomo, tipo y tamaño de letra, su delicada textura y olor. No se necesita más, tampoco menos, para saber si estamos hechos el uno para el otro.Su origen se remonta al Siglo XV, cuando Johannes Gutenberg, en la ciudad alemana de Mainz, inventa las letras metálicas móviles y la manera de intercambiarlas para armar palabras y con las palabras frases y con las frases párrafos y con los párrafos textos, para luego impregnarlos de tinta a base de aceite, y con la fuerza de grandes prensas de madera, presionar los moldes sobre papel, una y otra vez, e inventar la imprenta. Hasta entonces todos los manuscritos eran originales y los únicos autorizados para copiarlos eran los religiosos. En El Libro de los Placeres Prohibidos, Federico Andahazi recuenta con magia y suspenso, que la Iglesia no veía con buenos ojos que el oficio se extendiera a manos ajenas; podían alterar las escrituras. “Los libros sagrados debían hacerse en recintos sagrados y los profanos contar con la bendición de los religiosos.”Con la lectura sucedía algo similar. Sólo unos pocos tenían acceso a los libros, pues no estaban hechos para estar al alcance de cualquier hijo de vecino. Las bibliotecas eran privilegio de familias reales y contados patricios, donde atesoraban biblias y escritos originales, manuscritos y pergaminos, que de estar al alcance de cualquiera, “de poco dormir y de mucho leer, se le secaría el cerebro hasta el punto de perder el juicio”.Si el libro impreso ha conducido a algunos a perder el juicio, no es fácil saberlo, lo que si se sabe, es que a quien lee, no se le seca el cerebro. La imprenta se constituyó en el invento más importante del segundo milenio de la era cristiana. La masificación del libro y la lectura cambiaron para siempre la historia de la humanidad. Lo dijo Mark Twain: “Lo que el mundo es hoy día, para bien y para mal, se lo debemos a Gutenberg”.No es exageración; desde entonces ni la humanidad ni los humanos somos los mismos. La imprenta y por consiguiente el libro, jugó un rol determinante en el Renacimiento, la Ilustración, y la Revolución Científica, y es la base de la sociedad del conocimiento. Y de la masificación de la enseñanza y el aprendizaje, hasta entonces reservados a unas élites. La palabra escrita tomó fuerza gracias a la imprenta, y transformó el mundo.Y es así, porque con los libros se establece una relación personal e intransferible, que se profundiza si hay interés o no en lo escrito; si hay empatía o rechazo a lo dicho. Si se le consiente o trata con desprecio, si se le doblan o no las esquinas, o se le subraya. Son una segunda huella dactilar; una manifestación de la identidad de cada persona, del alma que llevamos dentro; de sus intereses y desvelos, sus sueños y melancolías. En momentos en que se amenaza con la muerte al libro impreso, aquel que Gutenberg puso al alcance de todos, valga señalar que sin perjuicio de las bondades de la lectura en digital, no es lo mismo; tan no lo es, que el digital es una copia insulsa del impreso. Pero es difícil saber si el impreso correrá la suerte de los manuscritos originales que se resistían a ser copiados en imprentas. Ojalá no. Sería una lástima, por decir lo menos.

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