Pañitos de agua tibia

Mayo 28, 2017 - 07:00 a.m. Por: Francisco José Lloreda Mera

“Quien siembra vientos recoge tempestades”. Esta frase de origen bíblico nos debe llevar a reflexionar sobre lo que está sucediendo en Buenaventura. Y en Chocó, y en Tumaco. Sin justificar los hechos de vandalismo, lo sucedido es consecuencia de la indolencia de un país entero por lo que sucede en el Pacífico. Indolencia que se continúa reflejando en los pañitos de agua tibia con que se aspira a conjurar unos problemas estructurales.

Escribí a inicios de febrero que el Pacífico requiere una apuesta audaz de país, un Big Push, no a largo plazo, sino inmediato, cueste lo que cueste, con garantía de ejecución. Los “pequeños cambios de la política económica no tienen efectos sobre el crecimiento a largo plazo. Sólo importan los grandes cambios, aunque sean temporales”. Así lo señala el economista Sala-i-Martín, y así lo transcribí, al abogar por un cambio de paradigma.

La situación de subdesarrollo del Pacífico colombiano no es nueva, data de la Colonia. Cinco siglos, dos desde la Independencia, y el Pacífico ahí, olvidado, empobrecido. Y así ha sido porque no se ha entendido que con el actual modelo de desarrollo -de inversiones precarias y diluidas- no será posible lograr un cambio a fondo en la vida de sus habitantes, pues siempre estarán rezagados frente a las crecientes necesidades.

La única manera de lograr un cambio estructural es con inversiones audaces, es decir, voluntad política. Similar a lo que se está haciendo para implementar lo negociado con las Farc: incentivos reales a la inversión, recursos cuantiosos del Gobierno central, créditos y cooperación internacional, y un zarpazo a los ya menguados y amenazados recursos de regalías por veinte años-. ¿Por qué no hacer algo similar con el Pacífico?

Pero hay dos paradigmas que debemos cambiar con relación al Pacifico además del modelo asistencialista -de inversiones a cuenta gotas y contentillos en épocas de paros y protestas-. Debemos entender que todos allá no son corruptos y hacer algo para que a los colombianos, empezando por muchos pastusos, payaneses y caleños, les importe de verdad el Litoral. Al Pacífico se le utiliza, se le usa, que no es igual a sentirlo propio.

Y es cierto que en el Pacífico la corrupción está enquistada, como en el resto del país; se invierten recursos y poco cambia. Eso ha generado desconfianza. Pero pagan justos por pecadores pues también hay gente honesta y trabajadora, capacitada, sin perjuicio de formar técnicos y profesionales que permitan crear una institucionalidad robusta, con mecanismos de inversión blindados y efectivos, que no es igual a más centralismo.

Pero para que eso ocurra se requiere algo fundamental: que el Pacífico le importe a los colombianos; contadas excepciones, no pasa. Y si no pasa en la mayoría de capitales de los departamentos de esa región, qué decir de Bogotá; 2,600 metros más cerca de las estrellas y más lejos de la realidad nacional. Para muchos en el altiplano el Pacífico es un lastre, de ahí la mentalidad asistencialista que ha primado en la burocracia estatal.

Seguramente el paro en Buenaventura -como ya ocurre en el Chocó- encontrará una solución. Es tan noble la gente del Pacífico, tan necesitada, que se transa por migajas, incluso, por una ilusión. Por ser escuchada. Pero el problema de fondo seguirá ahí, y tarde o temprano la gente se volverá a rebotar. Y seguirá la violencia, y la pobreza, y la corrupción, y la desesperanza. Salvo que se tome en serio al Pacífico. ¿Mucho pedir?

VER COMENTARIOS
Columnistas
Publicidad