Ni frío ni calor

Junio 25, 2017 - 06:50 a.m. Por: Francisco José Lloreda Mera

La entrega de armas por parte de las Farc debería ser motivo de celebración nacional sin distingos de partido, raza, género, credo o clase social. Pero no lo es. Mientras unos lo registran como una gran noticia otros lo aprecian con escepticismo y desconfianza. Interesante preguntarse por qué un hecho de por sí relevante, no genera en muchos ni frío ni calor, o más frío que calor, como si se tratara de un situación ajena y distante.

Dirán unos que la culpa recae en la polarización que en vez de atenuarse se acentúa y que ha llevado a que unos no vean nada positivo en el gobierno y que éste considere que todas las críticas que se le hacen son infundadas. Y todos toman partido y leen y replican lo que les interesa, y la ‘dejación’ de las armas -un eufemismo para referirse al desarme-, ha quedado en medio de esa balacera de trinos, titulares y señalamientos.

Pero el tema es más complejo: hay una discusión nacional, abierta y de fondo, sobre lo acordado en La Habana y su impacto en el futuro del país. Mientras unos creen que se cedió lo razonable otros piensan que se le fue la mano al Gobierno. Esto aplica a todos los componentes del acuerdo; al rural y agrario, al de justicia, y participación política, entre otros. Y a las reformas normativas y a la injerencia de las Farc en su definición.

Las expectativas creadas tampoco ayudan. La paz es un mandato constitucional y un anhelo nacional, y el fin de la confrontación con las Farc es decisivo para avanzar hacia ese objetivo. Pero no es suficiente. Por eso, presentar los acuerdos con ese grupo como el fin de una guerra y el logro de la paz, cuando el ELN sigue echando bala, hay disidencias, y el Estado es lento en copar los vacíos dejados, ha causado confusión.

Pero además de los dos factores señalados hay uno igual de inquietante: la entrega de las armas ha generado suspicacias. Se han recibido tantas versiones sobre el número de armas entregadas, porcentajes y fechas, y si incluyen o no las más de 900 caletas, que no ha sido fácil para muchos discernir qué es verdad y qué es mentira, causando desconfianza en un tema crucial y determinante, pese al trabajo de Naciones Unidas.

Si lo anterior fuese poco, flaco favor le hacen las Farc al proceso de paz. En momentos en que sus cabecillas siguen subjudice y muchos colombianos tratan de digerir lo que está pasando, la actitud arrogante de esa guerrilla, la dictada de cátedra en moralidad, la entrada sonriente al Congreso, y el ‘tapete rojo’ en conferencias internacionales, a más de uno le entra en reversa y opaca la relevancia de la actual dejación de las armas.

Finalmente, Colombia se ha preciado de ser un país bastante predecible en lo político, o por lo menos inmune a gobiernos populistas. Pero eso ha cambiado; la probabilidad de que gane las elecciones una persona que, o eche al traste parte de los acuerdos de paz, o le pavimente el camino al poder a las Farc, genera incertidumbre tanto en los defensores como en los detractores del proceso mismo, y sobre lo que puede pasar.

La entrega de armas por parte de cualquier guerrilla, en cualquier parte del planeta, debería ser motivo de júbilo o por lo menos de alivio; menos fusiles, menos muertos. Acá no. No se aprecia cómo debería, porque está atado, inexorablemente, al proceso de paz como un todo. Mientras no haya claridad sobre los temas señalados, el país no pareciera estar listo a creer y a celebrar el fin de las Farc como grupo armado ilegal.

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