La llama que arde

La llama que arde

Julio 09, 2017 - 07:10 a.m. Por: Francisco José Lloreda Mera

No soy cercano a él ni tengo elementos suficientes para juzgar su trabajo. No logro, sin embargo, ser indiferente a su situación personal. Me lleva a recordar mi cáncer y las reflexiones que desde entonces me hago, y lo más importante, me confirma que detrás de ese funcionario prestado hay un ser humano especial, profundo y sensible. Su carta titulada ‘Cosas que pasan’, y su entrevista con María Isabel Rueda, así lo corroboran.

“Esto no es un llamado, ni una prueba, ni un castigo, es una enfermedad con causas conocidas, pero, como siempre en el mundo de la complejidad biológica, con un halo de misterio. Tengo plena confianza en los médicos colombianos y en nuestro sistema. Mi tratamiento será estándar, sustentado en la evidencia, sin apuestas experimentales, ni medidas heróicas. Creo en la ciencia como toca: con vacilación y escepticismo moderado”.

Una enfermedad, como otras experiencias difíciles y que son parte del equipaje en la vida, no nos convierte en elegidos de nada ni de nadie, ni en buenas o malas personas. Nos permite, si así lo decidimos -porque está la opción de no hacerlo-, tratar de hacer algo significativo independiente de que se trate de vivir ‘horas extras’; procurar darle un sentido a la vida, el que escojamos, sin presunciones providenciales ni vanidades.

Me llamó la atención por eso que rememorara el Mito de Sísifo, quien se levanta cada mañana y arrastra la roca hasta la cima para dejarla caer, una y otra vez, y se ríe y es feliz porque esta actividad, “quizá inane, de subir y bajar, haciendo lo mismo, que es nuestra vida, él le encontró un significado.” Lo importante, y cita, es “la llama que arde con la vela, no la vela, la nada de donde todo se suspende, eso es lo nuestro”.

Le preguntan si la enfermedad le ha cambiado su visión de Dios, a él que en los medios y redes sociales casi masacran al confesarse ateo y que algunos, con una mezquindad pocas veces vista, le han dicho que el cáncer le dio por negar la existencia de Dios. “No ha cambiado nada -dice- pero sí me ha exacerbado el existencialismo. ¿Cómo construir significado a pesar de nuestra finitud, de nuestro tránsito efímero por este planeta?”

“Papi, somos un punto” le dijo su hijo hace poco y él respondió, “Así es, somos un punto en el tiempo y el espacio”. Y cita a la esposa de Carl Sagan, quien también era ateo: “Ya no nos vamos a encontrar. La muerte es para siempre. Tengo que vivir con esa certeza, que me hace infinitamente triste, de que la persona que yo más quise en la vida, no la voy a volver a ver.” Si la muerte es para siempre, nadie lo sabe. Por lo pronto, vivir el hoy.

“He sido capaz de afrontar las cosas con objetividad y cabeza fría, pero no puedo negar que en ciertos momentos, sobre todo cuando llego a mi casa por la noche y veo a mi hijo pequeño… es difícil.” ¿Le da miedo?, le preguntan. Responde: “Sí, me da miedo que mis hijos no puedan crecer conmigo”. Sentí una daga helada. Ese es quizá el mayor miedo de quienes tenemos hijos pequeños, morir prematuramente, no estar ahí para ellos.

Ojalá Alejandro Gaviria tenga muchos años más de vida para estar con Carolina, su esposa, y con Mariana y Tomás, sus hijos. Con su familia, y todos aquellos con quienes ha compartido. Y que lo logre, como muchos confiamos suceda, cumpliendo la promesa de ser “menos aburrido”, “un asceta con licencias frecuentes”. Mientras tanto, gracias por permitirnos conocer un poco más al ser humano: la llama que arde con la vela.

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