Evacuar, evacuar

Evacuar, evacuar

Agosto 27, 2017 - 07:10 a.m. Por: Francisco José Lloreda Mera

Desde la víspera sentía humo gris en el estómago y una sensación de ascensor oxidado en el cuerpo. Al llegar al terminal y aguardar en fila a ser atendido prefería que no me hablaran. Luego tocaba quitarse la correa (ahora incluye sacar computador y celular), dar explicaciones por el pito del sensor de seguridad al rozar mi fémur de metal, y aguardar paciente el llamado a abordar como quien se dirige cabizbajo al matadero.

El avión es el medio de transporte más seguro que existe y la probabilidad de morir en un accidente aéreo es de 1 en 11 millones; es más factible que le caiga un rayo encima o que lo ataque un tiburón blanco. Es más, viajar en carro es 100 veces más riesgoso que en avión y si recordamos que al día despegan 100.000 aviones en el mundo y que al año 3 billones de personas utilizan un avión, deberíamos sentirnos muy tranquilos.

Pero no es así. La acrofobia, como toda fobia, similar a la de las cucarachas (lo digo por experiencia propia) no es racional, pero no deja de ser real. Hasta hace muy poco me sudaban las manos en la más leve turbulencia (aunque el cielo estuviese despejado) y el corazón se me quería salir en la aproximación final, más si llevaba “nube incluida”. Y en muchas ocasiones pedía mano prestada pues las sillas parecían pegadas con babas.

Hasta que decidí entender qué me pasaba: racionalizar el miedo y darle manejo. Fue cuando concluí que mi fobia obedecía a un profundo desconocimiento de la aviación y a no estar en control. Empecé a leer de aviación empezando por libros sencillos que dan cuenta de principios de aerodinámica. Luego pasé a leer sobre tráfico aéreo y las famosas cajas negras (que son color naranja), y una colección sobre accidentes aéreos.

Aprender un poco sobre aviación me ayudó a entender mejor lo que pasaba durante el vuelo; a saber por ejemplo, que la mayoría de accidentes ocurren en la aproximación final y que salvo casos extraños un avión no tiene por qué caerse estando en el aire. Y aprendí a distinguir los ruidos: a no entrar en pánico cuando salen el tren de aterrizaje y los alerones, o cuando estando azul el firmamento se sacude el avión por el viento.

Hasta ahí, bien. Entendí por qué es factible que un cilindro de aluminio y plástico, de hasta 600 toneladas de peso incluidos 800 pasajeros y 82.000 galones de combustible, es capaz de desafiar la gravedad por la potencia de unos motores, alcanzar una altitud de 45.000 pies, lograr sustentación por el perfil de sus alas, y volar. Una odisea de tal tamaño y locura que hubiese dejado estupefacto a los mismísimos hermanos Wright.

Fue así como corroboré que le tememos a lo desconocido y que eso explicaba parte de mi fobia. La parte que no he logrado superar es la de no estar en control. Recuerdo una frase de Fernando Savater quien contradice a quienes señalan que la humanidad es cada día más desconfiada; la prueba en contrario, dice, es que nos subimos a un avión sin saber si el piloto ha dormido, si lo ha dejado la mujer, o si está deprimido.

Por lo anterior he decidido que dado a que la expectativa de vida es cada vez mayor, tengo tiempo de aprender a volar. Quizá ese día logre superar del todo la fobia aunque confieso que hoy día me trepo a un avión tranquilo, que no me sudan las manos ni me da taquicardia, y que a veces lo disfruto. Y tiendo a confiar en los pilotos. Un primer paso, esperando nunca me toque atender un llamado a evacuar, evacuar, evacuar.

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