Es cuestión de método

Es cuestión de método

Febrero 18, 2018 - 06:50 a.m. Por: Francisco José Lloreda Mera

Hay quienes disfrutan lavando platos; yo no. Prefiero experimentar en la cocina, con sabores, aromas y colores. Sin ínfulas, como simple aficionado. Pero no hay felicidad completa: quien se mete a la cocina tarde o temprano termina lavando platos. Y tiene lógica, al comer se espera un plato limpio. Siendo así, cada quien tiene una relación personal e intransferible frente a un fregadero: a unos les agrada y a otros les repela.

No es fácil precisar el origen de la lavada de platos. La manual, porque la lavadora de platos es reciente, de finales del Siglo XIX. Similar ocurre con el jabón; se cree tiene un origen milenario pero no es claro quién lo inventó y algunos atribuyen su desarrollo a los árabes y otros a los italianos. Realizamos a diario una actividad cuyo origen tiene cierto halo de misterio y que ha provocado la curiosidad de mundanos y académicos.

Un reciente estudio de la Universidad de la Florida indica que cuando se lavan platos a conciencia (focalizando los sentimientos y sentidos en el tacto con los utensilios, la temperatura del agua y el olor del jabón) se produce un estado placentero que podría reducir el estrés; a 27% le redujo el nerviosismo y a 25% le acrecentó la inspiración, lo que sea que eso signifique. Si esto es así, no lo sé, pero debe albergar algo de verdad.

Me explico. Siendo una labor tan monótona e insulsa, decidí hacerla más llevadera y tras ensayo y error desarrollé mi propio sistema para lavar platos. Remuevo todos los residuos de comida, hasta el más pequeño grano de arroz, cebolla o pegote de salsa. Si hay algo más desagradable que un arrume de platos sucios es un lavaplatos rebosante de un agua-sopa de nata con comida y tener que meter la mano para destapar el sifón.

Pero el factor diferenciador de una buena lavada, tras remover los residuos de comida, es ordenar el caos. Colocar los platos sucios a un lado, uno encima del otro, y hacer lo propio con los cubiertos, ubicándolos en un recipiente ya lavado -ideal los utilizados para batir huevos- y en otra sección poner los vasos y las tasas, las tablas de picar, los sartenes, ollas y demás. Organizar lo que se va a lavar para luego proceder en orden.

Sí. Lavar en orden y sin afán. En mi caso prefiero iniciar con los platos; abro el grifo y los mojo, los limpio con la esponjilla untada de jabón-crema y los enjuago uno por uno. Sigo con los vasos y tazas, los cubiertos y utensilios, los sartenes y ollas, estableciendo una secuencia que al tiempo en que cumple su finalidad me permite apreciar el avance en la lavada, lo que incentiva continuar con lo que falta, haciendo más grata la jornada.

Con lo que no he podido -lo confieso sin ruborizarme- es con la técnica de llenar con agua y jabón la poceta y meterlo todo ahí y pretender que con una enjuagada final los trastes quedan limpios. Seguramente es más ecológico -por usar menos agua- pero no es más higiénico. Si hay algo peor que un plato sucio por lavar es uno que después de lavado siga sucio; basta ver la cara de quien descubre un tenedor ‘limpio’ con pegotes.

Sobre esto cavilaba hace unos días al enfrentarme una vez más a un arrume de platos, tenedores y vasos sucios, sumergidos en un líquido grisáceo y una sinfonía de olores. Pensaba y me preguntaba por el origen de lavar los platos y del jabón, y en especial, por cómo empecé a sentir menos rechazo por una actividad esencialmente tediosa. La respuesta es una: además de una buena actitud, lavar platos es cuestión de método.

Sigue en Twitter @FcoLloreda

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