El ciclo nefasto

El ciclo nefasto

Abril 22, 2018 - 06:50 a.m. Por: Francisco José Lloreda Mera

Era de esperar que con el cambio de Presidente en Cuba se especulara sobre su futuro. Que surjan inquietudes sobre si la isla continuará con las políticas tibias de las últimas décadas o si acogerá abiertamente el capitalismo y se definirá por una democracia. A juzgar por las declaraciones de Miguel Díaz-Canel, el sucesor de Raúl Castro, pasarán muchos años antes de que las cosas cambien a favor de los once millones de cubanos.

El régimen cubano ha logrado resistir por sesenta años el embate norteamericano, al punto de que Obama, cansado quizá de la ineficacia de las políticas de su país frente a la isla, optó por un acercamiento, tan inesperado como histórico, hoy en el congelador. Para unos, el que los Castro hayan subsistido a tal animadversión, es un éxito. Pero, ¿será que ha sido un éxito para casi tres generaciones de cubanos que viven en la isla?

Cuba tiene un PIB por habitante superior al de Colombia y un sistema educativo que le permite a sus estudiantes obtener muy buenos resultados regionales en lectoescritura y matemáticas y pese a su rezago científico y tecnológico aún forma buenos médicos. Y sigue siendo referente en materia cultural, cuenta con un sector turístico consolidado, y las playas de Varadero son de las más bellas que hay, entre otras virtudes del país.

Pero estos hechos no se han traducido en una mejor calidad de vida para los cubanos. Estudian, pero la mayoría no tienen cómo aplicar sus conocimientos y hasta hace ocho años les era prohibido ser propietarios, contratar mano de obra, usufructuar la tierra; hoy 580.000 cubanos tienen un pequeño negocio y a 151.000 se les permite arrendar la tierra ociosa, de una población económicamente activa de 5 millones de habitantes.

En materia política no es distinto. Un solo partido y una sola ideología: esa es la regla. La libertad de expresión, asociación y movimiento son limitados por no decir nulos. Las detenciones arbitrarias y la censura son la columna vertebral de un régimen que silencia a sus contradictores, cuando no los mata. Nadie se atreve a rebelarse y a hablar mal del sistema, pues el Estado tiene sapos-delatores en todas las esquinas de la isla.

Una es la Cuba para los extranjeros y otra para los cubanos; una es la Cuba que gira en torno al dólar -que todo lo compra- y otra, los que sobreviven pegados al peso cubano. Pero el común denominador es el de una población que vive atrapada en la pobreza y en un aparato estatal -y una familia- que todo lo controla, que quita y pone. De ahí que Raúl Castro seguirá gobernando a la sombra como lo hizo Fidel con él hace diez años.

Lo más increíble del régimen cubano es que demostró ser un fracaso y no lo admiten. El que hayan tenido que aceptar a regañadientes el capital privado y la circulación del dólar, y que los cubanos empiecen por fin a ser pequeños propietarios, es una muestra fehaciente de que su sistema económico socialista, central y planificado, es un fiasco. Cuba subsiste gracias al poco capitalismo que se permite: esa y no otra es la realidad.
Pero la realidad más triste y dolorosa es que en medio de semejante montaje en escena, dos generaciones de cubanos -y pronto una tercera- hayan visto truncados sus sueños y sacrificado sus vidas, presos de un régimen anacrónico y tirano que desde hace años se desmorona en medio de sus propias contradicciones y del aplauso de sus áulicos. Ojalá Díaz-Canel algún día se sacuda y cierre por siempre el ciclo nefasto de los Castro.

Sigue en Twitter @FcoLloreda

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