Detrás del científico

Detrás del científico

Marzo 18, 2018 - 08:19 a.m. Por: Francisco José Lloreda Mera

La noticia dio la vuelta al mundo. Se fue uno de los grandes: una mente brillante. Pero detrás del científico que dedicó su vida a comprender de dónde venimos, por qué estamos aquí y las profundidades del universo, había un ser humano de carne y hueso, como todos, con sueños e ilusiones, aciertos y desaciertos. Stephen Hawking merece ser recordado por sus aportes a la ciencia y a la cosmología y por su ejemplo de lucha.

El universo es fascinante con lo poco que lo conocemos. Sólo pensar en la existencia de más de 100 billones de galaxias como la Vía Láctea, en uno de cuyos extremos está el Sistema Solar, nos recuerda lo pequeño que somos y lo frágil que es nuestro planeta. Qué decir de la relación de espacio y tiempo en la que todo ocurre –somos un punto en el espacio y un instante específico en el tiempo- tan cotidiana y tan difícil de explicar.

Hawking validaría la teoría de la expansión del universo, por lo tanto un origen, pero se preguntaba por lo ocurrido antes del Big-Bang sin descartar la eventual contracción del universo, similar a lo que sucede con los agujeros negros (estrellas que al quedar sin combustible colapsan por la fuerza gravitacional, una implosión) presentando nuevas teorías, como la de un universo cerrado pero sin límites: sin principio ni final.

Pero así como el físico británico fue determinado y perseverante en su investigación, lo fue con su enfermedad, la Esclerosis Lateral Amiotrófica, ELA, que poco a poco lo paralizó, con excepción de un músculo bajo el ojo derecho que al moverlo y utilizando un sintetizador de voz, le permitía comunicarse: compartir lo que su mente prodigiosa procesaba con la comunidad científica y de manera didáctica con el público en general.

Independiente de su aporte a la ciencia y su inteligencia excepcional, Hawking era un enamorado de la vida. Desde que le diagnosticaron la enfermedad siendo muy joven, cuando le dijeron que tendría si acaso un par de años por delante, se empeñó en vivir y en hacer lo que más quería: entender el universo. Y no desfalleció en su objetivo personal y profesional hasta la muerte, a los 76 años, con dos matrimonios y tres hijos.

“Cuando tenía 21 años y me diagnosticaron ELA, sentí que era muy injusto. ¿Por qué tenía que pasarme a mí? Pensé que mi vida había terminado y que jamás desarrollaría el potencial que sentía que tenía. Sin embargo ahora puedo estar satisfecho con mi vida. Mi discapacidad no ha sido un obstáculo serio en mi trabajo científico. De hecho ha sido una baza: no he tenido que dar clases, he podido dedicarme por completo a la investigación.”

“Creo que los discapacitados deberían concentrarse en las cosas que su discapacidad no les impida hacer y no lamentarse por las cosas que no pueden hacer. En mi caso, he conseguido hacer la mayoría de cosas que quería. Me lo he pasado en grande estando vivo y dedicándome a la investigación en la física teórica. Soy feliz y he aportado algo a nuestra comprensión del universo”. (Apartes de su libro ‘Breve historia de mi vida’).

Stephen Hawking fue uno de aquellos seres que el universo no produce en serie. Hace poco le preguntaron si temía a la muerte y dijo: “No le tengo miedo a la muerte, pero no tengo prisa en morir. Hay tantas cosas que quiero hacer antes”. Quería entre otras, ir al espacio -y ya lo tenía programado-. Este sueño no lo alcanzó, al menos en vida. Pero nos dejó un legado que perdurará hasta que terminemos, todos, en un agujero negro. 

Sigue en Twitter @FcoLloreda

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