Una inmortalidad anunciada

Abril 19, 2014 - 12:00 a.m. Por: Fernando Cepeda Ulloa

La vida de Gabriel García Márquez, en particular desde cuando escribió La Hojarasca, fue la crónica de una inmortalidad anunciada. Sus textos permanecerán como clásicos que hay que leer y releer. Unos dirán que ‘Cien Años de Soledad’ es el mejor de todos. Otros que ‘El Amor en los tiempos del cólera’. O ‘El Coronel no tiene quien le Escriba’. Y así surgirán diversas preferencias. Quiero rescatar su maravilloso discurso cuando recibió el Nobel de Literatura en 1982. Bello y con un inmenso significado político. Como Embajador en Francia le rendí tres homenajes. El primero, una placa -la más bella en Paris- que colocamos en el Hotel Trois Colleges, donde vivió cuando no tenía con qué pagar el arriendo y recibió un tratamiento indulgente de la administradora que le permitió culminar la elaboración de esa joya que es ‘El Coronel no tiene quién le escriba’. La placa lleva una efigie que con cariño hizo el escultor colombiano Milton. El albergue queda al lado de la Sorbona y en su época se llamaba Hotel de Flandre.Luego promoví en centros culturales de París coloquios sobre su obra que fueron recogidos en un libro que titulamos ‘Gabo en Paris’. Entonces escuche de boca de su admiradora japonesa que la traducción al japonés de ‘Cien Años de Soledad’ había sido realizada por un escritor que no sabía castellano. ¿Cómo? Pues a punta de diccionario. Le pedí a la escritora que repitiera esa anécdota en la Sorbona. Así lo hizo. He guardado la esperanza de que alguien financie la traducción del japonés al castellano de esa versión que imagino deforma la novela. O, ¿acaso será el epítome del realismo mágico?Confío en que García Márquez se hubiera enterado del homenaje. Obtuve una donación de un empresario colombiano, quien nunca me permitió decir su nombre, para que Tachia, su novia de los años de plomo en París, recitara el Monólogo que él le regaló porque había intuido que lo había escrito para ella: ‘Viendo llover en Macondo’, que se presentó gracias a la colaboración del Teatro Libre, a Ricardo Camacho y a Patricia Lara, en Cartagena y en Bogotá. Imposible hablar de García Márquez y París sin mencionar el papel salvador que jugó Tachia, una española que lo consintió en medio de la miseria que ambos compartían. La descripción de esos durísimos años la trae en dos capítulos Gerald Martin. Es un relato conmovedor y nada hizo más feliz a Tachia que haber declamado ese Monólogo. Fue una manera de recocerle nuestra gratitud por el apoyo que le ofreció a García Márquez en uno de los pasajes más difíciles de su vida. Ella mantuvo una relación muy afectuosa con el matrimonio García Márquez. Manuel José Cepeda, uno de los artífices más reconocidos del proceso constitucional de 1991 y de sentencias importantísimas que lo han desarrollado, tiene una deuda con el país: contar cómo fue la participación de García Márquez en la corrección gramatical del Proyecto Oficial para la Constitución de 1991 que ambos acometieron por instrucciones del entonces presidente César Gaviria. Deplorable que ya el escritor no pueda complementar esa historia del ‘constitucionalista’ García Márquez. Desde un comienzo, los escritos de Gabriel García Márquez fueron la crónica de una inmortalidad anunciada. Esa crónica no tuvo necesidad de elaborarla.

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