Pobres los pobres

Agosto 22, 2015 - 12:00 a.m. Por: Fernando Cepeda Ulloa

Sí. En verdad, a los pobres les va mal y hasta peor cuando los hacen destinatarios de algunos beneficios que buscan mejorar su situación, en ocasiones, infrahumana. La región Pacífico es un ejemplo persistente, sobrecogedor, dramático. Así se diga que se hace mucho por parte de gobiernos o de ONGs internacionales, o de fundaciones, lo que se ve y se percibe es deprimente. Y clama al cielo. La corrupción, el engaño, el abuso, se han ido enseñoreando, como que la gente ya no se percata de que tiene derechos y que debe defenderlos. Estas reflexiones tan deplorables vienen a raíz del súper escándalo relacionado con los programas de alimentación para los escolares, tanto en el Pacífico como en otras regiones de Colombia. Fenómeno que, es fácil imaginarlo, estará más extendido. Hay unas preguntas que son inescapables. La generosa descentralización de la Constitución del 91 buscaba que los ciudadanos en los municipios y regiones, estuvieran más cercanos a las autoridades y a la implementación de las políticas públicas, para poder ejercer un control más eficaz. Desde la capital de la República, o desde la capital del Departamento, no es fácil contar con información relevante para hacer responsables a quienes implementan los programas gubernamentales. Ante una situación como la que han descrito los medios, es apenas apropiado preguntarse: ¿dónde estaban los rectores de los colegios? ¿Dónde los profesores? ¿Los padres de familia? ¿La sociedad toda y otras autoridades? ¿Y acaso nunca hubo un rumor, una queja, un problema de salud?Si en asunto tan relevante como es el programa de alimentación para niños muy pobres se pueden cometer abusos y desafueros tan notorios, tan chocantes, tan inaceptables, es, también, legítimo preguntarse: ¿cómo estarán las cosas en otros sectores? Ni para qué mencionarlos. La insensibilidad, la glotonería exacerbada por el enriquecimiento fácil a cualquier precio y en forma tan descarada, revelan uno de los problemas más graves que está viviendo la sociedad colombiana, cual es el de la tolerancia hacia el crimen organizado que desborda, por supuesto, el de la corrupción. ¿Cuántas personas de las firmas contratistas y de las que conocían diariamente esta situación son, de alguna manera, cómplices de semejante atropello contra la salud de los más pobres? Así pues, se les ayuda, pero ésta va envenenada, contaminada, con efectos obvios sobre su condición diaria y la del futuro. ¿De dónde salen esos contratistas que se benefician de miles de millones sin el menor escrúpulo y por cuántos años ha sido así?Al mismo tiempo se anuncian corruptelas en la Unidad de Protección, la Dirección de Estupefacientes, la empresa que hacía la auditoría en Interbolsa, universidades, colegios, gobernaciones. De nunca acabar.Sin duda, se requiere una estrategia de toda la sociedad, mucho más frontal, decidida, implacable. El ruido del escándalo en cada caso no es suficiente, obra como un calmante para el dolor, pero no ataca la esencia del problema. Y, en ocasiones, puede hasta contribuir a su expansión propiciando el efecto de imitación, que es tan común en estos comportamientos.En el primer libro que publiqué sobre corrupción (1994) reproduje un capítulo de Jesús Duarte, sobre cómo los niños más pobres recibían una educación de mucho menor calidad. Pobres los pobres. Por fortuna, para el Papa Francisco ellos son la máxima prioridad.

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