María Lorena

Abril 23, 2016 - 12:00 a.m. Por: Fernando Cepeda Ulloa

Rara vez se encuentra en los altos cargos del Gobierno una persona que sea modelo de eficiencia, lealtad y alto sentido del compromiso, sobre todo con la mira puesta en los más altos intereses del Estado. Pues el Presidente Santos se tropezó, literalmente, con María Lorena Gutiérrez porque Fernando Carrillo la incorporó al equipo de empalme que él dirigió en 2010. La Silla Vacía y otros medios así lo reconocen, al mismo tiempo que se dice que muchos le habían mencionado su nombre al Presidente electo. Su desempeño en el equipo de transición le indicó al Presidente que podía contar con una funcionaria excepcional. Semejantes condiciones se fueron haciendo evidentes con el paso del tiempo. Fue así como a los casi seis años el país sabía de sus altos atributos. No tuvo la pasión por la exposición mediática. Sabedores de mi estrecho vínculo con la Universidad de los Andes, transcurridos varios años, las preguntas sobre ella eran cada vez más frecuentes. Aparecía como una todera. Buena para lo que fuera. Para los más complejos ‘chicharrones’, dijo alguna vez el Presidente. Que la reforma del Estado, que la política antitrámites, que la lucha contra la corrupción, que la reforma del sector Salud y, cuando menos se esperaba, gestionaba las relaciones Congreso-Ejecutivo. Las fotografías la mostraban involucrada en temas no menos complejos como los prioritarios, la Oecd, y la infraestructura agraria. Sus últimas semanas en el Gobierno como que fueron en contravía de lo que había sido su comportamiento. Fue encargada del Ministerio de Minas y Energía, en un momento crítico; con la sencillez que la caracteriza y la total ausencia de pomposidad, comenzó a salir en televisión, en radio y en la prensa, con mensajes positivos y recomendaciones para ahorrar energía y agua. Como estaba dotada de una gran credibilidad, su tarea la pudo cumplir con éxito. Su primer destino fue el manejo de la política relacionada con el Buen Gobierno. Y de ello dio ejemplo hasta el último día. Igual sonaba como candidata para el Ministerio de Comercio, como para el de Salud. Parecía tener una vocación universal. Una virtud, en la cual pocos funcionarios creen, fue la de la discreción. El propio Presidente Santos fue quien corrió el velo y alguna vez dijo por televisión, sin reticencias, que María Lorena era su brazo derecho y su brazo izquierdo; que a ella le trasladaba los problemas más difíciles. Se había ganado su confianza y su credibilidad, resultado de una dedicación que no conocía horarios, ni vacaciones. Un compromiso que no estaba atado con aspiración política o burocrática alguna. Encarnaba el desinterés personal y máxima devoción por el interés público. Sin ataduras partidistas ni gremiales. Tal vez eso explica que, en estos días, diferentes corrientes políticas le pidan que reconsidere su renuncia. Ojalá María Lorena volviera a la academia para que nos mostrara la verdadera realidad del monstruo del Estado, con sus virtudes y defectos, sus enormes potencialidades y las barreras que no dejan hacer. Hizo un superdoctorado en el arte de gobernar, que va más allá de la ciencia política y de la economía, desde un observatorio privilegiado, que le permitió moverse en el nivel macro y en el micro, o sea entre las grandes políticas y los detalles que las hacen viables. ¡Qué ejemplo!

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