Majestad del Congreso

Majestad del Congreso

Julio 04, 2015 - 12:00 a.m. Por: Fernando Cepeda Ulloa

Se habla de la majestad de la justicia: Y por ello se la rodea de algunos ritos y procedimientos. Históricamente se la ubicaba en palacios. Hoy se busca hacerla más accesible y se construyen Casas de Justicia o similares. La noción de que los jueces deben estar rodeados del mayor respeto y deben comportarse como ciudadanos ejemplares forma parte de esa concepción. Lo propio se prédica de la Presidencia de la República. También la alojamos en un palacio así se designe Casa Blanca, o Casa Rosada (Argentina) o Casa de Nariño. Infortunadamente no hablamos así del órgano legislativo. Parlamento, Congreso, Asamblea, quieren ser lugares abiertos a sus electores porque tienen la representación popular, en una forma más directa en muchos casos, y porque esa es su naturaleza. En las democracias presidenciales o parlamentarias no solamente el acceso al edificio donde funcionan estos cuerpos colegiados sino lo que es la actividad en los corredores, restaurantes, está siempre rodeada de particular dignidad. Los recintos donde se reúnen los legisladores en sesiones plenarias o de comisiones, son cuasi-sagrados. No hay cómo ingresar al salón de la plenaria del Parlamento Británico, o de la Asamblea Francesa, o de su Senado, o los respectivos del Congreso Americano o de las Cortes españolas. Un elegante cordón rojo impide la entrada de alguien que no haya sido consagrado con la representación popular. Las sesiones, algunas veces tumultuosas y ruidosas, no obstante se desenvuelven dentro de estricto reglamento y las directivas del Congreso gozan de máxima respetabilidad. En algunos, ellas marchan en forma de procesión para instalar diariamente las sesiones. No se trata de cualquier reunión, es la que sirve de escenario para debatir los asuntos públicos y para establecer las leyes que regulan el comportamiento de los ciudadanos. Como funcionario público o como turista he visitado varios de ellos y así he podido verificar la solemnidad que acompaña buena parte del quehacer en esos edificios, las más de las veces bellísimos y con gran tradición.Traigo estos recuerdos y reflexiones a consideración porque desde hace muchos años echo de menos una situación similar en los recintos y las actividades de nuestros cuerpos colegiados. Y lo que es peor, observo deterioro marcado en la manera como están funcionando. Echo de menos la majestad que debe rodear el estrado de las mesas directivas. Allí se sienta quien quiere. Se desarrollan tertulias mientras avanza la sesión, se habla por teléfonos celulares y, lo que cada vez me genera mayor perplejidad, se llevan platos con comida a título de almuerzo, merienda o cena. La vida en torno de las curules no es de naturaleza diferente. Inclusive, las formas de expresión en los debates se han rebajado y hasta vulgarizado. Dirigirse a los miembros de estos cuerpos con la expresión “Honorable”, es cosa del pasado. Desde la mesa directiva se les designa por su apellido, a veces por su nombre y entre ellos ocurre lo mismo. Eso es una degradación. Ojalá las nuevas mesas directivas de todos estos cuerpos, hagan un esfuerzo por restablecer formas protocolarias que dignifiquen la vida de estas instituciones. Ayuda al fortalecimiento de la Democracia y a la credibilidad y afecto hacia ellas. Lo que está ocurriendo debilita, desacredita, manosea la vida democrática. Cuando se introdujo la televisión para transmitir algunos momentos del proceso legislativo o del debate parlamentario, se prohibió que se tomaran panorámicas para preservar la imagen de estas corporaciones, porque es bien sabido que las curules o las bancas no están siempre llenas. Alguna vez, estando en una tribuna en el Parlamento Británico, traté de tomar notas y un Ujier, elegantísimamente vestido, se acercó para decirme que ello estaba prohibido. Esto nos puede parecer anacrónico, pero en la preservación de unas tradiciones y unas formas protocolarias está buena parte del aprecio y el respeto de la ciudadanía por sus instituciones.

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