Fronteras

Agosto 29, 2015 - 12:00 a.m. Por: Fernando Cepeda Ulloa

No es un problema superado en todo el mundo. Pero sí existen fronteras que son un modelo de buena vecindad. Ejemplos: La existente entre Canadá y Estados Unidos es un paradigma de colaboración y buen gobierno. La de México y Estados Unidos, lo contrario. Es el tema principal de la campaña de Trump y ha dado lugar a la construcción de un muro y de sus contrafómeque, cientos de túneles. En Europa ha habido de todo. Históricamente las fronteras han sido movibles. Pero ejemplos como el de la Unión Europea han propiciado esfuerzos de cooperación que han permitido recuperar los ríos y casi hacer desaparecer la noción de límites geográficos.Esos esfuerzos no han sido secretos. Están a la vista de todo el mundo y son lecciones vivas que deberían  servir de aprendizaje. Infortunadamente, aprender de las mejores prácticas no es lo más común ni lo más fácil. Deplorable.Las fronteras pueden ser  territorios de solidaridad, cooperación y amistad. O de conflicto, desconfianza y confrontación. Pueden ser zonas de libre comercio o zonas de libre criminalidad. Puede florecer el comercio o pueden prestarse para el contrabando. Pueden prestarse para la solidaridad entre países frente a amenazas a la seguridad o pueden armonizarse para evitarlas.Estos son los dilemas a dilucidar. Claro, no es fácil. Requiere el diseño de una política pública  compartida y el diario ejercicio para cuidarla, aplicarla y ajustarla. No es una tarea imposible. Eso sí, requiere buena fe, aprender de experiencias exitosas y máxima voluntad para preservarla y mejorarla. Y, por supuesto, una cultura ciudadana que la alimente y defienda. Y la ciudadanía no nace por generación espontánea. Hay que construirla. Y consentirla todos los días y todas la noches. Y todo debe ser muy transparente. Así las cosas, la diplomacia puede funcionar sin estridencias. De lo contrario, se convierte en cuerpo de bomberos y el riesgo de que las situaciones deriven en conflictos serios, inclusive armados, es mayúsculo. Basta repasar la historia.Las fronteras deberían ser los escenarios de paz, armonía, solidaridad por excelencia. Es la hermandad. Es la buena vecindad. Como en la vida del campo, si hay confianza, buen trato, no se requieren muros ni alambradas ni otras manifestaciones de hostilidad. Es la convivencia. La alternativa es la desconfianza permanente, la fricción y el riesgo de desavenencias y, más adelante, de confrontaciones más o menos  graves.La situación de una frontera no se altera dramáticamente de un momento para otro. Si eso ocurre, es la evidencia de un deterioro lento pero seguro, cuyas consecuencias son más que predecibles. Colombia tiene fronteras terrestres y marítimas que viene siendo objeto de controversias y conflictos potenciales. Como ningún otro país en el hemisferio, debería ocuparse muy seriamente de esta realidad para construir zonas de paz, zonas de cooperación y no territorios expuestos a conflictos de muy diverso orden y de probable gravedad. Deberíamos tener una diplomacia especializada en ese campo. Y de allí se derivarían grandes ventajas para nuestra tranquilidad y prosperidad y las de nuestros vecinos. Se han hecho intentos. No se niega. Pero se debilitan, se abandonan, se dejan marchitar. Ojalá de esta crítica y muy dolorosa  experiencia  salga fortalecida una inteligente política de fronteras. Este no puede ser el trato entre países hermanos.

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