Encuestas

Noviembre 30, 2013 - 12:00 a.m. Por: Fernando Cepeda Ulloa

Hay perplejidad en muchos ciudadanos sobre la credibilidad de las encuestas que están difundiéndose. En ocasiones, los resultados son notoriamente diferentes. y no se ve un esfuerzo sistemático para informarle al lector (que será el elector o el abstencionista) los limites para apreciar el significado de los datos. El problema es aún mayor cuando con diferencia de dos o tres días diferentes empresas encuestadora revelan sus informes.La utilización de encuestas se remonta a los comienzos del Siglo XIX. Los que han investigado la materia dicen que la primera que se registra se hizo en Estados Unidos, en 1824, para anticipar los resultados de la competencia por la presidencia entre John Q. Adams y Andrew Jackson. Los estudiosos del tema afirman que fueron los periódicos los que adelantaron esta tarea. Y esta fue volviéndose científica hasta llegar a alcanzar los niveles de predicción que hoy conocemos. Varios interrogantes fueron surgiendo a lo largo de esta evolución. ¿Qué tan representativa era la muestra, o sea la escogencia de mil o dos mil personas para establecer qué era lo que pensaban 40 millones o más? ¿Quién debería hacer la tarea? ¿Debería vigilarse? ¿Controlarse? ¿Acaso, los datos que se publican tienen alguna influencia en el comportamiento del electorado? Si es así, ¿entonces debería existir una agencia rectora que las regule y que certifique su calidad y objetividad? ¿Son manipulables para producir efectos favorables a un partido o candidato para que la ciudadanía pierda esperanza con respecto a una aspiración electoral? Existen casos asombrosos de gran precisión en la capacidad predictiva de las encuestas... y algunos desastrosos. Hoy goza de alta credibilidad y un error menor es objeto de duras criticas... es que ya hay mucha confianza en ellas.En beneficio de la crediblidad es indispensable, por ejemplo, hacer una rotunda distinción entre ‘supuestas’ encuestas que se hacen por radio y televisión y aún en los periódicos que dejan mucho que desear. No dicen cuántas personas respondieron, cómo las seleccionaron, si ellas se autoseleccionaron, si alguien las organizó para ese propósito, etc. En beneficio de las empresas encuestadoras, por respeto a la opinión de los ciudadanos y en aras de perfeccionar la democracia es vital que la opinión pública esté consciente que las características propia de cada encuesta: ¿Cuándo se realizó?, ¿quién la financia?, ¿cómo se hizo la muestra?, ¿los entrevistados lo fueron en forma presencial, telefónica, mixta? ¿Las preguntas fueron abiertas, o sea el entrevistado respondía lo que se le ocurría; o eran cerradas, se limitaba su ámbito de opinión al proporcionarle una serie de opciones para escoger? Y así de muchos otros temas. Por ello, es tan difícil comparar los resultados de una encuesta de Ipsos con una de Gallup... la muestra no es idéntica, la formulación de las preguntas tampoco, ni el método. Unas incluyen en la muestra a todos los que pueden votar, otras solamente a los que dicen que están decididos a votar. Si a los ciudadanos no se les hacen esas precisiones la confusión es máxima y se va perdiendo la credibilidad en una herramienta tan valiosa. Los propios empresarios de las encuestas desarrollaron un Código de Ética en reconocimiento de que se trataba, si se quiere, de un bien público que debería tratarse con respeto y exigencias de honestidad. El 21 de mayo de 1970 las principales compañías de investigación de opinión pública (estudian también el comportamiento del consumidor o el clima de favorabilidad a cierto tipo de inversiones.) adoptaron normas dirigidas a preservar la credibilidad en estos trabajos.

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