Desencanto

Junio 11, 2016 - 12:00 a.m. Por: Fernando Cepeda Ulloa

“Declina la confianza en las elites. Creciente sentimiento antiestablecimiento. Nacionalismo y populismo. Todos acelerados por percepciones crecientes sobre desigualdad de ingresos y clases medias en proceso de reducción”. Son unas cuantas frases que presentan un diagnóstico descarnado de lo que está ocurriendo en buena parte del mundo. Están contenidas en un informe que, sobre la situación global, elaboró uno de los principales bancos en el mundo. Diagnóstico que no incluye temas no menos candentes como el de la crisis de los refugiados en Europa, el de los migrantes que quieren vivir el ‘sueño americano’, el terrorismo de Isis, la manera como los robots están sustituyendo el empleo en forma masiva, las nuevas formas del crimen organizado, de los ‘gangs’ al estilo de los maras barrio 18, o más complejo y no menos aterrador, el Bronx en Bogotá.Realmente vivimos una crisis muy profunda, resultado de pérdida del sistema de valores, del descrédito del sistema político y de los políticos, y de una ambición desesperada por enriquecimiento fácil y rápido, así sea por medios ilícitos y hasta criminales.En algunos países buena parte de estos problemas van juntos. Quién imaginaba que Estados Unidos, el país de los sueños inalcanzables para muchos, iba a presentar las características que hoy lo agobian: desigualdad creciente; clase media -que era su principal soporte- en deterioro y descreída; y un sistema político que aprendimos a admirar por su capacidad de alcanzar compromisos y de buscar el bien común, convertido ahora en uno de intransigencias insolubles y confrontaciones ideológicas como no conocíamos. Una campaña presidencial en la cual los candidatos más probables no cuentan con el fervor popular, en la que el voto en contra estaría más presente que el voto a favor. Una campaña con temática que pone en tela de juicio la transparencia de un sistema democrático que era modelo. De alguna manera, Bernie Sanders ha logrado que en lo sustancial los candidatos asuman sus tesis: que una revolución política es indispensable y dentro de ella, el mecanismo de financiación de las campañas políticas y de los políticos.Algo parecido podría predicarse de países que también mostraban su democracia como una que merecía ser imitada. En Francia, Italia, España, Austria, por mencionar algunos, las falencias del sistema político son obvias. Están a la vista.El diagnóstico con el cual inicia esta columna, parece describir la situación de los Estados Unidos. Pero no, es global. Donald Trump no está trabajando políticamente en un vacío frente a una opinión pública que no comparte sus planteamientos. Encuestas respetables revelan que hay opinión que lo acompaña y que ésta va más allá de lo que indican las votaciones de las Primarias. Será derrotado. Lo propio se puede predicar de las duras formulaciones de Bernie Sanders. Hillary Clinton es objeto de fuertes críticas para descalificarla, ya que para algunos representa un establecimiento que no cuenta con aprecio de buena parte de la población o porque para algunos no es consistente en sus planteamientos, etc.No hay duda que se requiere una reflexión muy profunda y con sentido de la realidad que estamos viviendo, para lo que parece hoy inescapable que es una reformulación del sistema político, que muestra no responder a las realidades del momento; muchas muy difíciles de captar dada la complejidad que caracteriza el mundo contemporáneo.

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