¿Clientelismo =corrupción?

¿Clientelismo =corrupción?

Marzo 29, 2014 - 12:00 a.m. Por: Fernando Cepeda Ulloa

El historiador Jorge Orlando Melo escribió una excelente columna en El Tiempo (La corrupción útil, 27 de marzo) en la cual hace unas sugestivas consideraciones sobre el tema del clientelismo y la corrupción, a propósito de un artículo de Jonathan Rauch en The Atlantic, titulado “En defensa de la corrupción”.Ello me permite  recordar algunas tesis sobre  estos temas. En primer lugar, hay que diferenciar la corrupción del clientelismo. Digámoslo de una vez: el clientelismo no es corrupción pero puede llevar a la corrupción. En mis libros sobre la materia, recuerdo esa distinción, cito los autores que han trabajado  estos conceptos y al tiempo que describo y rechazo las múltiples formas de corrupción que se han ido  estableciendo entre nosotros, trato de  intentar una explicación sobre la gravísima incidencia de esta perversión de la democracia en la vida pública y privada. Sobra decirlo, sin obtener ningún eco. Pero, ¿cómo no decirlo? La corrupción en Colombia encontró terreno abonado por la deformación del clientelismo que fue evolucionando hacia formas de corrupción que han ido adquiriendo una dimensión en ocasiones, descomunal, como lo ocurrido en Bogotá, en la Guajira, Soledad,  Foncolpuertos, la Dirección Nacional de Estupefacientes  para mencionar una mínima  parte de los agencias estatales contaminadas. Pero hubo otros factores que contribuyeron y que describo en una publicación que hará pronto la Universidad de Miami. Veamos algunas. El afán de enriquecimiento que se desato a partir de olas de criminalidad que no fueron atacadas  a tiempo y con la contundencia debida: los esmeralderos, el tráfico de drogas ilícitas, el contrabando, el lavado de dinero; el debilitamiento de los valores tradicionales como consecuencia del reducido papel de la religión, del sector educativo  y de la familia; la exaltación mediática de la ostentación y de  la riqueza, sin reparar en su origen; la pérdida de la vergüenza en el comportamiento familiar y social: el corrupto ya no existe, lo que tenemos son organizaciones criminales en las que participan el padre, los tíos, los hermanos, la empleada, el chofer, algunos funcionarios etcétera. Al no existir sanción social, ni familiar, ni religiosa, el comportamiento se relaja hasta extremos impensables. Y la sanción judicial no opera en este ambiente tan carente de valores y de otros factores. Uno de los expertos más reconocidos en la lucha anticorrupción recomendaba como fórmula casi mágica  “freír un pez gordo” a manera de escarmiento, como lección implacable. Pues aquí se han freído cientos de peces gordos y el asunto crece. Y da lugar a herencias políticas ratificadas por la voluntad popular, no exenta de manipulaciones corruptas. El clientelismo (la influencia en la asignación de puestos y partidas presupuestales para obras públicas) ha sido algo que ha acompañado la vida política aquí y en Cafarnaúm. Su deformación, su desviación hacia el beneficio personal y de parentela lo transforma en corrupción Y en un ambiente como el colombiano va derivando en crimen organizado y en la captura de gobiernos regionales y municipales o de agencias gubernamentales por organizaciones de naturaleza criminal. Así se ha desvirtuado la razón de ser de la vida política y su noble significado, echando a pique la descentralización. Por eso, campea la incredulidad y la falta de confianza en los políticos y en las instituciones. ¡Horror!

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