Poder silencioso

Poder silencioso

Noviembre 16, 2014 - 12:00 a.m. Por: Esteban Piedrahíta

Durante la histórica visita del presidente Nixon a China en 1972, al premier de ese país, Zhou Enlai, le preguntaron por el impacto de la Revolución Francesa. Zhou respondió que era “demasiado temprano para saber”. Muchos tomaron su apunte como ejemplo paradigmático de la visión largoplacista de esa cultura oriental. No obstante, los historiadores ahora dicen que Zhou se confundió y realmente se refería a la “revolución” de mayo de 1968 cuyo epicentro fue París. Bajo esta óptica los chinos no serían tan diferentes de los demás seres humanos y especialmente de los colombianos, en su obsesión inmediatista.Esta propensión, y el torrente de noticias que recibimos diariamente, nos hace perder de perspectiva procesos estructurales que en buena medida condicionan nuestras vidas. Esta semana la Cepal publicó un documento titulado ‘La nueva era demográfica en América Latina y el Caribe’ donde caracteriza el Siglo XX como el del “crecimiento” y el XXI el del “envejecimiento” en la región y muestra los profundos efectos económicos y sociales de la transición entre uno y otro.La demografía colombiana está en plena transformación. Ya en este quinquenio (2010-2015) nacerán menos colombianos que en el pasado (2005-2010). Hacia 2031, Colombia por primera vez en su historia pasará de ser una “sociedad juvenil” (donde el mayor grupo etario es el de 0-19 años) a una “sociedad adulta joven”. No mucho tiempo después, en 2052, será una “sociedad envejecida” (con la mayoría de personas de 60 años o más). Y a partir de 2065 se proyecta que su población comenzará a caer.Estos cambios aparentemente irreversibles y, desde una perspectiva histórica, bastante rápidos en la estructura de la sociedad llaman a la reflexión. Lo primero que hay que anotar es que el “envejecimiento” tiene mucho de bueno. Se da porque las personas están viviendo más (y mejor). Hasta la segunda mitad del siglo XX ningún país en la historia había superado la condición de “sociedad juvenil”. Los países más desarrollados fueron los primeros en hacerlo hacia los años 60. A parte de ser más próspera, una sociedad “adulta” también es más pacífica. Está bien documentado cómo en Colombia el descenso de los homicidios a partir de 1990 está relacionado con la caída en la proporción de personas entre los 15 y los 29 años de edad.Aplicando el retrovisor, resulta evidente que en las décadas anteriores, como en estas últimas del “bono demográfico”, el énfasis del Estado ha debido centrarse en la educación no solo por su impacto en el crecimiento y la equidad, sino como puntal de la sostenibilidad del contrato social. Cepal calcula, por ejemplo, que el peso del sector salud dentro del PIB latinoamericano se duplicará a 2070. A falta de más trabajadores, este salto solo se podrá financiar si los trabajadores son más productivos. Pero quizás porque los más jóvenes no votan, la educación no ha sido prioridad.También resulta claro que la política pública colombiana se “envejeció” prematuramente, privilegiando en forma escandalosa a los jubilados del Estado. Hoy, cuando menos del 10% de nuestra población tiene más de 60 años y cerca del 46% está en edad de estudiar, ¡el gasto público en pensiones es igual al que se hace en educación! Y esos recursos ($25 billones) los recibe una proporción muy reducida de los adultos mayores colombianos: aquellos que fueron funcionarios públicos, incluyendo los desvergonzados exparlamentarios y exmagistrados de las “megapensiones”. La política pública no puede seguir desdeñando el poder silencioso de la demografía.

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