Los dividendos de la paz

Los dividendos de la paz

Marzo 22, 2015 - 12:00 a.m. Por: Esteban Piedrahíta

Todo apunta a que Colombia está más cerca que nunca de lograr la terminación del conflicto más prolongado y sangriento de su convulsionada historia, aquel que han sostenido el Estado y las Farc por más de 50 años. Soy de los convencidos de que, en los términos en que está planteada la negociación, los beneficios de alcanzar un acuerdo, en los planos social y económico, pero también en el plano anímico o, por así decirlo, espiritual, superan con creces los inevitables costos que ello supone. Varios de los frutos de lograr esta paz hoy no los podemos predecir, ni siquiera imaginar, y solo serán evidentes con el espejo retrovisor.Aterrizando a la dimensión económica, y sin caer en el desmedido optimismo de la ONU, que sostiene que el fin del conflicto duplicará la tasa de crecimiento del PIB, vale la pena traer a colación la frase “dividendo de paz” que acuñó el presidente George Bush Sr. tras el fin de la Guerra Fría para referirse a los beneficios que un recorte en el gasto de defensa norteamericano generaría vía mayor inversión social y/o menores impuestos. En un escenario de paz, es predecible que la estrategia de defensa de Colombia vire de lo militar a lo policivo, al tiempo que las amenazas viran de los grupos guerrilleros al crimen organizado. El tránsito paulatino de helicópteros, bombarderos y batallones a cámaras, motos, policías y sistemas de inteligencia seguramente generaría ahorros significativos en los 3,7 puntos del PIB ($30 billones de pesos) que se invierten anualmente en defensa. El Estado, y también los privados, podrían desviar recursos importantes hacia fines mucho más socialmente rentables.Una de las particularidades de las FARC es que a pesar de ser una diminuta fracción de la población, ejercen, en mayor o menor grado, control sobre enormes extensiones del territorio muy ligeramente pobladas. Aunque esas zonas generan menos del 5% del PIB nacional y muchas deben dedicarse a la conservación, la consolidación de la presencia del Estado -con seguridad, educación, salud, vías, etc.-, no solo mejoraría las condiciones productivas y de calidad de vida de sus habitantes campesinos sino que permitiría la llegada de inversión privada legal a suplir el mayor faltante del campo colombiano: empleo formal y de calidad. El impulso que el fin del conflicto con las Farc daría a la productividad rural contribuiría a cerrar la enorme brecha de bienestar que existe con las áreas urbanas.En la economía del Siglo XXI, los llamados ‘intangibles’, como el reconocimiento de marca y la reputación, son tan importantes en el valor de las empresas como sus activos, productos y equipo humano. Hace algunos meses la revista Forbes calculaba el valor de sola la marca ‘Apple’ en US$124.000 millones de dólares (frente a un valor total en bolsa de la compañía de US$660.000 millones). Aunque es clarísimo que un país no es una empresa, vale la pena preguntarse ¿cuánto ‘valor’ le agregaría a la ‘marca’ Colombia quitarle asociaciones como la de “único país del hemisferio occidental donde persiste un conflicto armado”? Siendo la sicología factor determinante de la actividad económica, ¿cuánto ímpetu daría el logro de un acuerdo de paz a la confianza de consumidores e inversionistas? Aunque difícil de cuantificar, como también lo son sus enormes beneficios puramente emocionales, es indudable que el efecto económico neto por estas y otras vías ‘intangibles’ es ampliamente positivo. La paz es, sin duda, su propia recompensa, pero esa recompensa la sentirán también, en sus bolsillos, generaciones futuras de colombianos.

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