La tortuga y la liebre

La tortuga y la liebre

Marzo 09, 2014 - 12:00 a.m. Por: Esteban Piedrahíta

Resulta inaudito que en medio de los atropellos constantes del gobierno venezolano a las libertades de expresión y de prensa, la separación de poderes, los derechos de propiedad, etc., etc., etc., y ante su absoluta incapacidad de controlar la inflación, recuperar la producción, garantizar el abastecimiento mínimo de la canasta familiar, etc., etc., etc., no solo los apologistas del chavo-madurismo, sino otros observadores de buena fe, sigan excusando estos desmanes -o por lo menos matizándolos- por los “logros sociales” de ese régimen. Un vistazo rápido a los datos demuestra que los avances en pobreza en el vecino país tienen precisamente que ver con una de las pocas cosas que el gobierno no controla: el precio del petróleo.Para poner estos resultados en sus justas proporciones, vale la pena primero ubicar los datos de Venezuela dentro del contexto regional. La última década larga fue una de crecimiento y reducción de la pobreza en toda América Latina. Los altos precios de las materias primas, las bajas tasas de interés en dólares y el buen comportamiento de la economía global durante la mayoría del período, fueron factores externos que contribuyeron a esta fase expansionista. Según datos de la Cepal, entre 2002 y 2011 la proporción de personas pobres en la región disminuyó del 44% al 29% (una reducción del 33%). El desempeño de Venezuela en esa materia fue algo mejor que el de Colombia y el promedio latinoamericano, pero muy inferior, por ejemplo, al del Perú, que logró reducir la pobreza a la mitad en ese período. A la luz de lo acontecido en la región, entonces, los beneficios de “la revolución” para los más pobres no son extraordinarios. Y lo son menos cuando se dimensiona la bonanza petrolera que ha experimentado Venezuela en estos años, que sobrepasa con creces el impulso que recibieron otras economías -Perú y Colombia incluidas- por las alzas en precios de hidrocarburos y minerales. Según Pdvsa, Venezuela recibió ingresos petroleros por $848.000 millones de dólares entre 1999 y 2012 (unos US$34.000 por habitante). En ese mismo período, Perú, con una población similar a la venezolana, y Colombia, con un 50% más de población, exportaron, respectivamente $162.000 y $220.000 millones de dólares en hidrocarburos y minerales (unos US$6.500 por peruano y US$5.000 por colombiano). Así las cosas, la reducción de la pobreza en la Venezuela chavista, más que normal, luce mediocre y fruto del azar (durante el mandato de Chávez el petróleo pasó de US$20 por barril a US$100 por barril). Incluso, desde que las alzas en el precio del crudo se estabilizaron hace unos cinco años, la reducción de la pobreza en Venezuela se estancó. Si se hace el cálculo de que de haberse repartido, entre la mitad más pobre de sus habitantes, la ‘lotería’ que se ganó Venezuela, a cada familia de cuatro le hubieran correspondido unos $270.000 dólares, es fácil concluir que las mejoras que se dieron no fueron por, sino a pesar, del ‘Socialismo del Siglo XXI’. ¿Y qué de los costos y la sostenibilidad de estos avances sociales que, contextualizados, lucen precarios? El gobierno del vecino país ha devastado el aparato productivo (incluso el petrolero), expulsado y amedrentado a sus ciudadanos más capacitados, ahuyentado la inversión y destruido cualquier embrión de cohesión social. La pobre Colombia, como la modesta tortuga de la fábula de Esopo, le gana paulatinamente la carrera económica y social a la rica y estridente liebre venezolana. Tragedia sin atenuantes la de la tierra de Bolívar.

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