La tierra y la paz

La tierra y la paz

Diciembre 14, 2014 - 12:00 a.m. Por: Esteban Piedrahíta

La tenencia de la tierra ha sido la mayor fuente de conflicto en Colombia desde la Colonia (seguramente existían pugnas al respecto también en las sociedades agricultoras pre-hispánicas); un aspecto sombrío y vergonzoso de nuestra historia, con frecuencia bañado de sangre. Las últimas décadas, con la toma violenta e ilegal de millones de hectáreas por paramilitares, guerrillas, bacrim, políticos corruptos y variopintas mafias y organizaciones criminales, han marcado el capítulo más tenebroso de esta amarga historia. Más allá del irredimible legado de muerte, sufrimiento e injusticia, este pasado impone unas cargas descomunales al proceso de construir una Colombia próspera y equitativa. El campo colombiano es, en términos generales, horrorosamente pobre. En las zonas rurales, donde vive el 23% de los colombianos, el 42% de las personas son pobres (frente a un 26% en las ciudades y un 16% en las 13 urbes más grandes). La miseria, definida como no tener ingreso suficiente para suplir un consumo calórico básico, afecta a casi 1 de cada 5 campesinos. Si bien estos indicadores han mejorado en los últimos diez años, las brechas con el país urbano han aumentado.Resolver de fondo el atraso del campo requiere, antes que nada, romper algunos paradigmas profundamente afincados en la psiquis de los colombianos. La atroz desigualdad en la tenencia de la tierra, aunada a un (¡justificado!) sentimiento de culpa colectivo por la nefasta historia arriba referida, conducen a que siempre se plantee como solución de fondo la entrega masiva de tierra a los campesinos. Por supuesto que a quienes han sido despojados hay que restituirles sus tierras u ofrecerles el pago de su valor comercial, pero matricular a todos los campesinos como empresarios del campo no tiene sentido.Ser agricultor por cuenta propia es un emprendimiento de alto riesgo aún cuando se cuenta con asistencia técnica y capital. Los bienes agrícolas son los de mayor volatilidad de precios. No solo varían, como los minerales, por las dinámicas de la demanda y el ciclo económico, sino que también se ven afectados por las veleidades del clima y las distorsiones creadas por un sinnúmero de subsidios internacionales. ¿No estarían mejor muchos campesinos si tuvieran un empleo con seguridad social en una empresa agro-industrial? ¿No será que, como en las ciudades, hay personas más aptas (y que prefieren) ser empleados que emprendedores?La inmensa diversidad de tierras de la topografía colombiana también entra a jugar. Algunas de ellas, como el piedemonte andino, son adecuadas, como lo son ciertos cultivos (ej. café, algunas frutas, hortalizas, etc.), a la agricultura campesina. Otras, como la mayor parte de la Orinoquía, solo son apropiadas para explotaciones en las que la escala es fundamental (ej. cereales, palma, caña, etc.). En estas se pueden montar modelos asociativos o cooperativos, pero es indispensable la presencia de firmas ancla. Con 35 millones de hectáreas dedicadas a una ganadería ineficiente y ambientalmente nociva, hay campo para todos los modelos y tamaños.Pocas cosas perjudican más a los campesinos que la rampante satanización de la gran empresa agro-industrial. El sector rural adolece de exigua inversión privada y escaso empleo formal. Sin capital privado, será imposible superar estas trampas. Países tan diferentes como Argentina, Costa Rica, Perú, Brasil y Chile han asumido esta realidad. Una esperanza es que la paz con las Farc permita romper con las culpas del pasado y con paradigmas trasnochados que mantienen postrado al campo colombiano.

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