La otra apertura

Agosto 23, 2015 - 12:00 a.m. Por: Esteban Piedrahíta

Desde la desbarrancada del precio del petróleo, han reverdecido dos debates “ancestrales” sobre la política productiva en Colombia: el del agro y el de la industria. Los mismos saltaron a las primeras planas en ocasión de la asamblea anual de la Andi donde se presentó, de manera muy elocuente, el revolcón del agro peruano mediante su internacionalización y hubo discusiones tanto en tarima como tras bambalinas sobre el “correcto” equilibrio entre la apertura comercial y el fomento a la industria y el campo. Estas son discusiones importantes y complejas que el país no ha terminado (y quizás nunca terminará) de dar.La “obsesión” dual por la industria (15% del PIB) y el agro (5%), sin embargo, tiene el problema de que deja de lado a la gran mayoría de la actividad económica y, en especial, al sector servicios que representa más del 60% del PIB. Nadie habla de una política para mejorar la productividad (valor generado por hora trabajada) en el sector servicios y, aunque éstos tienden a ser menos transables, poco se habla del fomento (o las trabas) a la exportaciones (o importaciones) en este rubro. Pero el hecho inexorable es que los servicios son el sector predominante en todas las economías del planeta y que su participación de la “torta” solo crecerá con la tendencia a que las máquinas reemplacen a los hombre en todas las tareas sistematizables y repetitivas (como tantas de la industria y el agro).Un estudio de la consultora McKinsey es sumamente ilustrativo sobre la importancia de la productividad en el sector servicios para la prosperidad general. Entre 1990 y 2000 (cuando se publicó el estudio) la brecha entre el ingreso por habitante de los EE.UU. y el del Japón aumentó del 10% al 20% (hoy es significativamente mayor). Durante el período en cuestión, la productividad de la industria manufacturera exportadora nipona (ej. Toyota, Sony, etc.) correspondía a un 120% de la de su par estadounidense. Sin embargo, la productividad de su sector servicios equivalía solo al 69% (ej. 50% en comercio al detal, 45% en construcción, 93% en salud) de la norteamericana. ¿Quién ha oído del Wal-mart o el Amazon japoneses?Estados Unidos y Japón parecen estar ambos bastante alejados de nuestra realidad económica. Pero del caso en mención se pueden extraer varios aprendizajes. El primero es que si bien es sumamente deseable tener un sector industrial exportador de talla mundial, sobre todo por las grandes “derramas” positivas que genera a la sociedad en múltiples frentes, éste, aún en el Japón, solo alcanza el 10% del PIB y una proporción menor del empleo. Esto no quiere decir que no valga la pena dar el debate sobre la llamada “nueva política industrial”, alejada de los peores subsidios y proteccionismos del pasado, que pregonan pensadores como Ricardo Hausmann y Dani Rodrik. Hay es que reconocer los posibles límites de su alcance y considerar aplicar sus herramientas también a los sectores no transables y de servicios que representan el “pareto” de la economía.El otro aprendizaje es que la discusión sobre comercio “interior” es igual o más importante que el debate sobre comercio exterior. En el Japón, muchas de las mayores distorsiones a la competencia y obstáculos a la eficiencia se dan en sectores no-transables de poca exposición internacional. Algunas restricciones al comercio internacional se pueden justificar en las asimetrías generadas en el mercado por los subsidios de otros países. Ese argumento luce mucho menos convincente cuando hablamos de sectores no-transables ¿Qué estamos esperando para hacer la apertura interna?

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