Ídolo de barro

Marzo 06, 2016 - 12:00 a.m. Por: Esteban Piedrahíta

Las estadísticas emitidas por entidades estatales con frecuencia generan escepticismo entre la población, sobre todo cuando los resultados son buenos (cuando son malos, los otrora incrédulos de la confiabilidad de los datos se los apropian para pregonar el desastre). Esta actitud de escepticismo ha sido plenamente justificada en países como la Argentina, donde hasta hace poco el Gobierno manipulaba los indicadores de inflación y prohibía que instituciones independientes los calcularan; para no hablar de Venezuela, donde el Ministro de Economía sostiene que “la inflación no existe en la vida real”.En días pasados salieron a la luz las mediciones de pobreza y desigualdad para Colombia en 2015. Fueron recibidas con no poca suspicacia, a pesar de que el Dane es reconocido internacionalmente por su seriedad y de que la línea de pobreza de Colombia ($938.000 mensuales para un hogar urbano de 4) es alta dentro del contexto latinoamericano. Se puede estar en desacuerdo con el nivel de esta línea, pero si la metodología es constante, no se pueden desconocer las tendencias. Algo que sí no ayudó fue el afán del gobierno (no del Dane) de ‘engrosar’ las filas de la clase media (“70% de la población”) incluyendo allí a los vulnerables -cerca del 38% de los colombianos que, aunque no pobres, permanecen cerca de esa condición. La pobreza siguió su trayectoria descendente de más de una década, aunque, medida por ingreso, la reducción (de 28,5% de la población en 2014 a 27,8% en 2015) es la más baja desde 2009. Este resultado no es malo si se tiene en cuenta que hubo un aumento notable de la inflación, lo cual eleva el nivel del umbral, y que en América Latina el indicador está ‘pegado’ desde 2012. El desempeño de Cali fue notable. Con Barranquilla, presentó la mayor disminución entre las ciudades colombianas: el porcentaje de pobres pasó del 19,1% en 2014 a 16,5% en 2015. Si se toma el período 2011-2015, Cali tuvo la tercera mayor reducción después de Pasto y Barranquilla.Este panorama contrasta dramáticamente con lo que sucede en Brasil, hasta hace poco objeto de adulación de la intelligentsia colombiana de centro-izquierda. Según proyecciones del FMI, después de crecer 0,1% en 2014, la economía brasileña se contraerá un 7% en 2015-2016, para volver a crecer al 0% en 2017 -una crisis mucho peor que la de fines de los 90 en Colombia. El modelo de Lula y Dilma, basado en ampliación del gasto estatal, alzas de impuestos, proteccionismo y aumentos del salario mínimo muy por encima de la inflación, no solo no dio resultados en crecimiento (entre 2002 y 2015 Brasil creció al 2,9% anual; Colombia al 4,5%); sino que ha tornado insostenibles los logros sociales de ese país. Aunque aún no hay cifras de pobreza, los últimos datos constituyen un coctel perfecto para que ésta se dispare: un alarmante deterioro del desempleo -de 6,6% en octubre de 2014 a 9% en octubre de 2015- y un importante aumento de la inflación -del 6,4% en 2014 al 10,7% en 2015.Con su ‘nadadito de perro’, Colombia crece más que el Brasil (3% en 2015 y 2,7% en 2016, según el FMI), ha seguido generando empleo (aunque es previsible que el desempleo aumente moderadamente en 2016), sigue disminuyendo la pobreza (ha caído 44% desde 2002), es menos desigual que ese país (Gini 2013 del 0,536 vs. 0,553 del Brasil, según Cepal) y, lo más importante de todo, tiene un modelo económico altamente imperfecto, pero sorprendentemente resiliente, que genera avances sociales sostenibles.

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