Genética, política y paz

Agosto 07, 2016 - 12:00 a.m. Por: Esteban Piedrahíta

Los avances en el conocimiento de la genética humana y el desarrollo de nuevas técnicas experimentales están permitiendo comprobar, cada día con mayor contundencia, la fuerte influencia de los genes sobre nuestras preferencias, nuestra personalidad y nuestro comportamiento. Dentro del ámbito de la genética conductual, hay una rama bastante reciente, llamada genopolítica, que se ocupa de estudiar las bases genéticas de las posturas ideológicas. Sin desconocer la influencia del medio en el que crecemos, que interactúa con predisposiciones biológicas, la evidencia parece indicar que los hombres somos, por naturaleza, “animales políticos”.Para el profesor Jordan Peterson, de la Universidad de Toronto: “Los valores de las personas están incrustados en lo profundo de su biología y su herencia genética… sus preferencias políticas no surgen de una simple consideración racional de los temas”. Múltiples estudios han encontrado que rasgos de personalidad como la preocupación por el orden y el respeto a las normas sociales están asociados a una mentalidad conservadora, mientras que el interés por la compasión y la igualdad están relacionados a una mentalidad liberal. Un estudio de investigadores de las universidades de Virginia Commonwealth y Pennsylvania State, va más lejos, argumentando que no son los rasgos de personalidad (con gran componente genético) los que ‘causan’ el desarrollo de preferencias políticas particulares, sino que hay un factor genético común que es subyacente tanto a las características de personalidad como a las actitudes políticas.Estos elementos, en alguna medida, ayudan a entender la polarización política que vive el país en torno a lo que se negocia en La Habana. Cualquier acuerdo de fin de un conflicto armado, máxime cuando ninguna de las partes se ha rendido, implica una ‘transacción’ entre justicia y paz. Demasiado énfasis en la justicia (ej. cadena perpetua para los guerrilleros) y no habrá contraparte dispuesta a firmar; hincapié excesivo en la paz (ej. amnistía plena para las Farc) y ésta será inestable por insatisfacción de la sociedad, falta de apoyo político y el riesgoso precedente que se sienta.Lo que nos dice la ciencia es que es, literalmente, natural que sobre este tipo de decisiones existan profundas y emotivas diferencias. El ‘balance’ óptimo entre justicia y paz depende de la perspectiva de cada individuo y ésta está poderosamente condicionada por su acervo genético. Por eso nos cuesta tanto trabajo entender la posición política de otros; porque nuestro cerebro está ‘cableado’ de manera distinta. Y por eso es tan difícil persuadir a alguien, con argumentos racionales, de que cambie de opinión sobre un tema como éste. De cierta forma, su postura (y la nuestra) ya venían condicionadas antes de nuestro nacimiento.Esto no quiere decir que, con mayor información y conocimiento, no se pueda lograr acercar posiciones. Pero también significa que tendemos a ser bastante susceptibles a la ‘propaganda’ que venga alineada a nuestro propio sesgo ideológico. La buena noticia es que tanto la preocupación por el orden y aquella por la igualdad o la compasión lucen necesarias para construir la verdadera paz. “Desde una perspectiva evolutiva”, dice Johnson, “el hecho de que aún exista variabilidad en estos sistemas motivacionales significa que ninguno es suficiente por sí solo. Hay costos y beneficios asociados a ambos perfiles políticos y ambos parecen ser críticos para mantener un balance efectivo en la sociedad”.

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