De vuelta a la realidad

Marzo 08, 2015 - 12:00 a.m. Por: Esteban Piedrahíta

La aparatosa caída del precio del crudo que tantas angustias está generando al Gobierno puede terminar siendo, en muchas dimensiones, una bendición para Colombia. No cabe duda que el efecto neto del auge de los hidrocarburos en la última década fue positivo para el país. Aunque hubo sectores “perdedores”, Colombia logró notables progresos en materia de crecimiento, inversión, desempleo y pobreza. El petróleo fue el lubricante que ‘aceitó’ la estabilidad macroeconómica, el aumento en la inversión social, la atracción de capital extranjero, el fortalecimiento de la fuerza pública y las mejoras en la seguridad. Los colombianos hoy viven mejor que hace 10 años gracias, en parte, a la bonanza minero-energética.No obstante, estos beneficios no han sido exentos de riesgos. Varios analistas han observado que Colombia, a diferencia de Venezuela por ejemplo, es un país con petróleo y no un país petrolero. Sin embargo, su Estado sí se ha vuelto cada día más “petro-dependiente”. Todo el sector minero-energético —cuyo mayor rubro es, de lejos, el petrolero— representa cerca del 8% de la economía nacional, pero en años recientes ha aportado, entre regalías, impuesto de renta, dividendos de Ecopetrol y otros, más del 25% de los ingresos fiscales. En otras palabras, los hidrocarburos pesan tres veces más en la “economía” del Estado que en la del país como un todo. Esta situación genera varios inconvenientes. Un presupuesto público altamente dependiente de un recurso no renovable (las reservas de Colombia son bastante limitadas) y cuyo precio es en extremo volátil genera dificultades en la planificación, incertidumbre entre los actores económicos y, en circunstancias como la actual, coyunturas fiscales complejas. Además, al estar en pocas manos su producción —por ser altamente intensiva en capital y estar el recurso muy confinado geográficamente— y tan concentrada en el Estado la captura de sus beneficios, tiende a generar incentivos al comportamiento rentista y a la corrupción.De otra parte, si bien los hidrocarburos no representan una tajada muy grande de la economía nacional, el influjo de divisas que han generado, tanto por el aumento en el volumen de exportación y los precios como por la inversión extranjera que ha apuntalado su producción, ha tenido un impacto importante sobre la estructura económica del país. La revaluación del peso impulsó el crecimiento de sectores no transables de la economía como los servicios, el comercio y la construcción a expensas, en alguna medida, de aquellos que como la industria y la agricultura sí exportan y/o compiten con importaciones. Esto ha contribuido a crear o acentuar desequilibrios regionales, a desplazar mano de obra y al deterioro de varios segmentos del tejido empresarial.Un país y un estado que dependen tanto de un solo producto que es fruto fortuito de la naturaleza más que del ingenio y el esfuerzo, tienden a volverse “perezosos”. La caída del precio del petróleo es entonces un llamado a la acción. Primero, nos conmina a construir un estado más eficiente, mejor focalizado y con una base de ingresos más amplia y diversa. Y segundo, nos obliga a repensar nuestra estrategia económica y a ser más creativos y sagaces en la formulación de políticas que impulsen a otras industrias que puedan compensar la caída en el valor agregado, la generación de divisas, los ingresos fiscales y el empleo que en mayor o menor grado producirá el desplome en el precio del crudo. Bien hecha esta tarea, su resultado será una economía más resiliente, más sostenible, más próspera y más equitativa.

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