Los delfines

Junio 08, 2016 - 12:00 a.m. Por: Emilio Sardi

Los problemas de ineficiencia del MÍO se deben en buena medida a su pésimo diseño. En él intervino activamente el Departamento de Planeación Nacional (DNP), ordenando inclusive la eliminación de la ruta de la calle 70, vital para su operación. Aparentemente ignorante de este hecho y de que el trasporte público es subsidiado en mayor o menor grado en prácticamente todos los países donde funciona bien, el señor director del DPN vino, con la suficiencia de los hijos de papi que han llegado de la provincia a mandar desde la capital, a regañar a los caleños por su ‘ineficiencia’. Ignorancia ésta que no es de extrañar, pues en Colombia para acceder a los altos cargos del Estado pesan más los entronques familiares que los merecimientos personales, ya que aquí lo que debiera ser desinteresado servicio público es en cada vez mayor grado un negocio de familia.Por eso, la alta burocracia nacional se ha visto engalanada con la participación de los delfines de lo más granado de la política colombiana. Como el hijo de Ernesto Samper, quien fue ni más ni menos viceministro de (¡vaya ironía!) Justicia, o el de Humberto de la Calle, superintendente de Industria y Comercio. Y hay una interminable fila de políticos ‘renovadores’ de familias de distintas regiones que hoy consolidan dinastías en el centralismo bogotano. En ella brillan los omnipresentes Galán, quienes desde el magnicidio del excandidato presidencial han venido incursionando en todas las ramas del Estado. No contentos con habernos endosado a César Gaviria, con su apagón y su apertura delirante, hoy manifiestan sus altas aspiraciones desde partidos diferentes -por si alguno les falla-, mientras gozan de la embajada en Francia y del liderazgo ejecutivo de la tía exministra, quien, según se ha informado, actúa también en la Corporación Escuela Galán, gran contratista del Estado.Ya vienen haciendo sus pinitos en el concejo y la administración de Bogotá Horacio José Serpa, hijo del escudero de Samper, y Miguel Uribe Turbay, nieto del ex presidente Julio César. Esto para no hablar de los innumerables ducados regionales, que se transmiten alegremente curules en el Congreso, asambleas y concejos, o puestos en gobernaciones y alcaldías, de padres a hijos, y a cónyuges, hermanos, primos y sobrinos, siempre con la esperanza de trasladarse a la corte que despacha desde Bogotá. Y si alguien quiere escribir un tratado sobre nepotismo avanzado, bien puede dedicarse a analizar la maraña de matrimonios y parentescos en el grotesco entramado que hay entre el aparato judicial y los entes de control.En las últimas décadas han ocupado la presidencia de Colombia dos hijos, un primo y un sobrino de expresidentes de la República. Pero no estamos solos. El deseo de tener dinastías en la democracia se da en países pobres y ricos, de izquierda y de derecha, latinos y anglosajones. Los Fujimori en Perú, los Kirchner en Argentina, los Frei en Chile, los Castro en Cuba, los Trudeau en Canadá, los Clinton, Bush, Kennedy y Roosevelt en Estados Unidos, y la lista sigue. Quizás es la naturaleza humana y la añoranza monárquica no puede eliminarse. Creamos repúblicas para cambiar de nombre el poder que se legan disimuladamente las elites familiares de la política. Y no es propiamente motivo de júbilo pensar que nuestro futuro estará en las manos de los herederos de quienes nos trajeron a donde estamos.

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