Icollantas

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En contra de lo que algunos piensan, nada tuvo que ver el...

Icollantas

Junio 26, 2013 - 12:00 a.m. Por: Emilio Sardi

En contra de lo que algunos piensan, nada tuvo que ver el TLC con EEUU en el cierre de Icollantas que puso fin a una historia industrial de 71 años y eliminó 460 empleos. Ese tratado, como los que se han venido firmando tras él, tiene innumerables cláusulas altamente lesivas para el país, pero tomará algún tiempo para que sus efectos dañinos sean evidentes. No fue eso. La decisión de Michelin de acabar con su fabricación local y limitarse a importar los productos elaborados por sus plantas situadas en países que sí defienden su sector productivo es simplemente un caso emblemático del proceso de desindustrialización generado por el pésimo modelo económico establecido en Colombia desde el nunca suficientemente lamentado gobierno de Gaviria.Los fundamentalistas que empujan la apertura a ultranza ven como normal, y aún deseable, el cierre de empresas generadoras de empleo, y aplauden un modelo que facilita la llegada masiva de productos subsidiados y el dumping de otros países, los altos costos en energía, transporte e infraestructura, el enriquecimiento ilimitado del sector financiero, la entrada de capitales golondrina para lucrarse con las altas tasas de interés locales, y la revaluación del peso que destruye la competitividad de la producción nacional. Sostienen estos talibanes que solo esa apertura indiscriminada y brutal hará más eficiente al país.Pero ellos no pueden decir que Icollantas era ineficiente. Tras décadas de expansión y solidez, en años recientes invirtió $250 mil millones para actualizar tecnologías, llegó a exportar más del 60% de su producción, y fue la primera empresa en ventas de llantas en Colombia en 2011. Pero desde la torpe reducción de aranceles de 2009, entró en una crisis que finalmente llevó a sus propietarios a entender que nuestro Estado no tiene interés alguno en la existencia de un sector manufacturero en Colombia. Este es el país del modelo económico de la apertura para adentro, el del comercio libre y el contrabando suelto, el de la reducción de aranceles según las órdenes de la Ocde, el de la explosión de TLC, el del interés solo en las exportaciones mineras y petroleras que generan dólares y dejan en el abismo a la industria y al agro. Y por eso cerraron.Los hechos aterran. El país pasó de un desempleo del 7,8% y un subempleo del 10,7% al cierre de 1993, para un total de 18,5% en estos indicadores, al 10,4%, 32,4% y 42,8%, respectivamente, en 2012. ¡De 18,5% a 42,8%, casi la mitad de la fuerza laboral, sin empleo formal! La continua desindustrialización se ve en los componentes del PIB, y la caída del empleo sigue. En febrero-abril de 2013 había 250 mil empleos menos en el sector manufacturero que en el mismo período de 2012, y en el agro también se perdieron 171 mil empleos.Mientras la industria y al agro, que aún generan 6 millones de empleos, pierden plata y empleos, se ofrecen todas las ventajas a la minería, que solo genera 207 mil empleos. Y ni qué decir de nuestro sufrido sector financiero, que en 2012 requirió $39,7 billones en utilidades para reducir en 12.000 las plazas de trabajo que ofrece, a un total de apenas 256.000.La perversidad de este modelo económico es evidente. La que no es clara es la razón de la pasividad de los trabajadores y de los pequeños y medianos empresarios, sus mayores víctimas. ¿Creerán, acaso, que si callan y no se mueven, este monstruo no los devorará?

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