¿Hasta cuándo?

¿Hasta cuándo?

Marzo 19, 2014 - 12:00 a.m. Por: Emilio Sardi

Respeto al presidente Uribe, pero no voté por su lista para el Senado. Por ser cerrada, no sabía a quién favorecería con mi voto, y decidí optar entre dos de los escasos candidatos dignos que se presentaron, Jorge Enrique Robledo y José Darío Salazar. Con la anterior declaración subrayo que mi posición ante las elecciones colombianas es absolutamente ecléctica, y que, como millones de compatriotas, no estoy amarrado a nombres ni a grupos políticos. Sólo me interesa el bien del país.El fraude no es nuevo en Colombia, como no lo es en casi todo el resto del mundo. Pero nunca antes había alcanzado aquí las proporciones y el descaro de lo que tuvo lugar en las elecciones del 9 de marzo. Aunque, para claridad de los colombianos, el honorable Registrador Nacional, Carlos Ariel Sánchez, fiel seguidor y discípulo de ese faro de virtudes patrias, de la ética y del honor, Ernesto Samper, ya nos informó que todavía el fraude no se ha consumado. Según explicó, los preconteos que la Registraduría publicó con tan gran cacaraqueo, no tienen valor alguno.Que nada le haya parecido anómalo al Registrador es apenas natural. Para alguien como él. Otros encontramos extraño, por ejemplo, que una región que concentra el 9% de la población nacional elija el 25% de los integrantes del Senado. Y hay quien se pregunta si se habría dado allá alguna desviación local de recursos que la Nación había hecho llegar con destinaciones suntuarias, como la construcción de vías terciarias, a otras más nobles, como la motivación a los ciudadanos a que voten. Como también si esta conducta debiera ser calificada como peculado por apropiación o por destinación, en el remoto caso de que alguno de los entes de control considerara de su interés investigar estos extraños sucesos.No más extraños, eso sí, que los que también se dieron en Buenaventura, donde siguieron apareciendo votos hasta bien entrada la semana pasada, bajo la complaciente mirada de la Registraduría. Gracias al trato que por 90 años le han dado a Buenaventura desde Bogotá, dónde piensan que este es sencillamente un desembarcadero de mercancía destinada a la capital, enclavado en territorio africano, las tasas de asesinato, de analfabetismo, de desempleo y de pobreza de nuestro “bello puerto de mar” son de las mayores del país. Después de los ‘incentivos’ públicos o privados de las recientes elecciones, sus tasas de participación ciudadana se tornaron inalcanzables.Siendo horrible la compra de votos, el desgreño y la turbidez de la Registraduría, que la propicia, son peores. Los colombianos estamos cansados de los ‘apagones’ para cambiar los resultados. De las ‘equivocaciones’ en las cédulas de ciudadanía de los testigos. De los millones de votos nulos (aunque en esta oportunidad muchos de ellos no fueron imputables al formulario sino a que era muy fácil ponerle otra X a los marcados por el Centro Democrático). De los formularios E-14 duplicados, falsificados y mal marcados. De los conteos que no coinciden con las actas. De los votos en costales. En fin del manejo que esa oscura entidad, respaldada por un Consejo Electoral del más profundo corte chavista les da a nuestras elecciones. Buscando reducir algunos de estos vicios, la Ley 1475/11 ordenó que, las elecciones para el Congreso de 2014 se realizaran mediante voto electrónico. ¿Hasta cuándo deberemos aguantar que el Registrador desobedezca la Ley?

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