Energía

Energía

Mayo 30, 2012 - 12:00 a.m. Por: Emilio Sardi

Desde David Ricardo, distintos teóricos y empíricos han buscado identificar los factores que crean ventaja comparativa para las naciones. Un reciente estudio de la Ocde menciona como fuentes de ventaja comparativa al capital físico, el capital humano, el desarrollo del sector financiero y la oferta de fuentes de energía, entre otros. Ahora que la ventolera de los TLC ha ‘insertado’ a Colombia de lleno en la competencia mundial, debe mirarse el efecto de su política energética sobre sus posibilidades en ese nuevo escenario, pues el hecho es que su única fortaleza está en la energía.Colombia es el 10º país en el mundo en potencial de generación hidroeléctrica, la más barata, lo que se refleja en que el 70% de su capacidad de generación es de este tipo. Somos ya un país petrolero que produce un millón de barriles diarios, y el Presidente habla de una meta de dos millones. Somos excedentarios en gas natural, y somos el 6º exportador mundial de carbón. Y como si lo anterior fuera poco, nuestro sol y nuestras tierras nos permiten ser grandes productores de biocombustibles.Lastimosamente, la visión que se tiene de esta ventaja es miopemente limitada y se enfoca sólo a aumentar las ventas externas de minerales e hidrocarburos, mientras se aplican internamente unas políticas de precios definidas por criterios arbitrarios que condenan a los colombianos a pagar energía y combustibles a precios muy superiores a los del contexto internacional. Así, cuando los colombianos pagan 12,5 centavos de dólar por un Kwh, en EE.UU. pagan 7, en Noruega 6,4, en Francia 6, en Corea 6 y en Rusia 5. Entre nuestros vecinos, en Ecuador pagan 7, en Perú 7,9 y aún en Uruguay pagan apenas 9,2. Para entender el efecto que esto tiene en nuestra competitividad, basta señalar que la Andi estima que la energía eléctrica es el 35% del costo total en industrias como el cemento. ¡Desde las casas de interés social hasta la infraestructura acaban pagando el pato!Y ni hablar de los combustibles. Compartimos con Noruega el ‘honor’ de tener los mayores precios internos entre los países exportadores netos de petróleo. Y el gas es caro si no llueve, porque cuando llueve no hay. El cuento de que reducir los precios más altos del mundo es ‘subsidiar a los ricos’ es sólo eso: puro cuento. Aproximadamente el 60% de la demanda por combustibles proviene del transporte de carga y de pasajeros. El 40% restante se reparte entre los vehículos particulares, mayoritariamente en manos de la clase media y de los estratos populares, el agro, el comercio y la industria. Y se estima que una reducción de $2.000 por galón en el precio de los combustibles liberaría más de $5 billones al año del ingreso disponible de los colombianos, con sus efectos positivos en términos de poder adquisitivo, crecimiento y empleo. Un país cuya gran fortaleza exportadora se centra en la minería y los hidrocarburos, que el mundo compra sin condiciones, no requiere TLC para aumentar su comercio internacional. Pero si le da por firmarlos sin ton ni son, como lo hace Colombia, lo peor que puede hacer es dilapidar la ventaja competitiva que le da poseer energía abundante y barata, cobrándoselas cara a sus habitantes y a sus productores. Es claro que nuestras circunstancias y fortalezas actuales hacen necesario cambiar el modelo económico que los tecnoburócratas de Bogotá nos imponen con tanto fanatismo como falta de criterio.

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