El péndulo

Noviembre 23, 2016 - 12:00 a.m. Por: Emilio Sardi

La votación del Brexit y la elección de Trump han generado el desconcierto y rechazo de nuestros más pomposos politólogos y economistas, quienes se las adjudican a la torpeza de las masas. Como sucedió en el plebiscito, la élite ‘ilustrada’ que se cree dueña de la razón cierra los ojos ante las realidades y no oye los argumentos ajenos. En este caso, se debe reconocer que estos eventos traen un mensaje común: Ha llegado el momento de replantear la globalización salvaje y los esquemas de tratados de comercio y de protección a la inversión que, a través de sus gobiernos y de los organismos multilaterales, las grandes corporaciones les imponen a todos los países. En Colombia, los TLC han incumplido todas las promesas de sus impulsores. No trajeron ni la generación masiva de empleo formal, ni el impulso a la inversión extranjera, ni la transferencia de tecnología, ni el crecimiento impulsado por un auge exportador. Lo único que nos trajeron fue un déficit comercial enorme. Similarmente, la globalización tampoco cumplió sus promesas en los países ricos.Se decía que ella generaría desarrollo y que todas las sociedades se beneficiarían con equidad de la riqueza mundial, pero ha resultado al revés. Grupos cada vez más ricos en sectores ganadores de la economía global amplían su brecha de ingreso frente a los sectores perdedores. Por un lado, en las grandes urbes se concentran los ingresos y se fortalecen las élites globalizadas de las llamadas industrias creativas y, por supuesto, del sector financiero. Por el otro, en las ciudades intermedias y áreas rurales, los agricultores y los trabajadores de industrias rezagadas viven con salarios cada vez menores, sus jóvenes migrando o viviendo en el crimen y en las drogas. En Inglaterra, los salarios de la clase trabajadora crecieron 13% desde 2008, mientras el mercado de capitales creció 115%. La riqueza está concentrándose en los mercados financieros y la desigualdad crece en 35 de las 46 economías más grandes del mundo.Esa desigualdad explosiva hizo que las zonas de la periferia rural inglesa fueran las que determinaron la salida de un acuerdo de integración en el que su futuro se decidía desde Bruselas por burócratas extranjeros, con ideologías ajenas y sueldos superiores incluso a los de su primer ministro. Y fue la que se manifestó en Estados Unidos, donde las élites ‘cultas’ de California y Nueva York no pudieron contrarrestar la masa ‘desinformada’ de la clase trabajadora hastiada de sufrir las promesas incumplidas de la globalización. Que dos de las economías más importantes del mundo elijan destinos políticos contrarios al enfoque de globalización imperante es señal clara de que las cosas deben cambiar. La globalización no puede seguir extendiendo sin límites los derechos de los inversionistas por encima del interés público, ni proteger los monopolios de unas pocas corporaciones, ni mantener reglas desiguales que aniquilan la producción rural en el mundo en desarrollo, ni profundizar la desregulación financiera que promueve la especulación y no el crecimiento sostenible. El resultado de la internacionalización debe ser el desarrollo y el bienestar equitativo, y no lo opuesto. Es hora de que Colombia entienda que, en vez de seguir haciendo tratados a la topa y tolondra, debe aprovechar que las grandes potencias están devolviendo el péndulo y renegociar los que tan torpemente ha firmado.

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