“Sexual predator”

Octubre 22, 2016 - 12:00 a.m. Por: Eduardo José Victoria Ruiz

Con esta abominable expresión, Michelle Obama definió a Donald Trump. Como pocas veces en la historia de ese país, la primera dama asume un rol beligerante dejando atrás la acartonada anfitriona de la Casa Blanca para encarnar la defensa de género ante el video de Trump, donde dice que su poder le da derecho a poseer la mujer que quiera. Las declaraciones de otras mujeres ultrajadas por Trump en ascensores, en su edificio de Manhattan e incluso en su propia casa mientras reposaba su esposa embarazada, confirman el complejo de macho alfa y el ejercicio de ‘usar’ las mujeres a su poderoso paso para saciar sus apetitos personales.El poder es un afrodisíaco y sería iluso dejar al amor como parte de novelas rosa. Me parece comprensible usar en la conquista elementos que acercan. Tengo una amiga que empajó a su marido en la Plaza de Toros de Cali porque estaba idiotizado con Amparo Grisales. La pregunta de la ofendida fue: “¿Dime que tiene ella que no tenga yo?”. Él, sorprendido, contestó: “No mi amor, las dos tienen lo mismo, pero en distinto orden”. Puedo resumir que el muerto de Cañaveralejo ese día no fue el toro, sino mi amigo. Con los años, estoy seguro que él tiene mejor pareja en su esposa y no creo que hubiera sido tan feliz con la Grisales. Pero comprendo que él hubiera tenido obnubilación temporal por una famosa. Eso sucede frecuentemente. Esos aromas de prestigio, dinero, poder, atraen. Pero convertirs esos ‘adornos’ en armas para empujar a la cama a alguien, es regresar a las épocas feudales.Más lamentable aún, las sumisiones por poder dejan dos espíritus insatisfechos: la poseída que se sintió usada por el predador, y el poseedor quien sumará un trofeo a su colección pero se perderá de los más bellos momentos de la relación, la atracción, la admiración, la demostración de interés y la persuasión. Un predador sexual no intenta seducir, considera que su poder le permite sacar las garras y reducir la presa. No veo a Trump imaginando cómo hacer feliz a la otra persona o comprendiendo su mente y su cuerpo. A poderosos como él les basta la brevedad de su propio placer. Las noches sin amaneceres. Los finales sin comienzo y los intermedios sin ternura.Evoco la escena del reciclador que está acompañado de su pareja. A veces ella, cansada, se sube en la carreta y se convierte en su reina en carroza. Él le pasa feliz un ‘concho’ de perfume que alguien abandonó en el frasco. Felices en medio de sus limitaciones, se aman y desean. Eso basta.¿Y el humor? Ese poco debe aparecer en las cacerías de Trump. A él jamás le llegará un mensaje como el que publicó otra inteligente amiga: “Busco alguien que me haga el humor salvajemente, satisfaga mis necesidades textuales y lleguemos juntos al sarcasmo”. Pero aquel en su arrogancia, ni sabrá de qué estamos hablando. ¡Pobre Trump!

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