Los amigos del gimnasio

Los amigos del gimnasio

Marzo 23, 2018 - 11:45 p.m. Por: Eduardo José Victoria Ruiz

Después de muchos años, cambié de gimnasio. Me he encontrado que en todos estos templos del estado físico uno se encuentra unos prototipos muy similares:

El Terminator: combina su tiempo entre el ejercicio y mirarse en el espejo. Su rutina preferida es contemplarse a sí mismo levantando mancuernas. Cree que todos le estamos mirando sus tríceps mientras camina pero no sabe lo preocupados que nos tiene una verruga peluda que tiene en la espalda y que le está creciendo.

La Paris Hilton: llega como para un desfile de modas, con candongas, pulseras, medias multicolores por encima de la sudadera, cachucha de marca. Ninguno cree que va a sudar y en cuanto a levantar… será de todo, menos pesas.

El Ichiban: se siente el número 1 de los samurais. Revisa lentamente los movimientos de los demás para contraindicarlos. “¡Meta barriga!”, “¡doble más las rodillas!”, “¡aspire, respire!” son algunas de sus repetidas órdenes. Al final, nadie le hace caso.

Ken y la Barbie: es una parejita perfecta que va al gym para complementar su entrega. No les importa nadie más. Están solos en medio de la multitud. Ellos se bastan, por lo menos por ahora.

El tecnológico: lleva relojes sofisticados conectados a varias partes del cuerpo; todo en él está medido en unas minipantallas amarradas a su humanidad. Conoce de correlaciones entre latidos de corazón, gasto calórico y masa corporal, pero no sabe qué hora es y usualmente es pésimo deportista.

El yo José Gabriel: es un relacionista público bárbaro. Da pesar que llegue antes de las 5:00 a.m. a saludar y chismosear. En su casa quedan felices que se vaya temprano.

El Forrest Gump: Desde que llegamos está corriendo y cuando nos vamos, allí sigue. Si no estuviera en la banda caminadora sino en la calle, ya estaría llegando a Cartago. Si como suda en el gym, lo hiciera en el trabajo, estaría en la lista de los más ricos de Forbes.

La cuchidura: es una señora de edad avanzada a quien los muchachos miraban con desdén, hasta que la vieron en acción. Con su dureza muscular y elasticidad, su sonrisa dulce y su manera de ver la vida es nuestra venganza de esa cantidad de fisicoculturistas que sin pena ni gracia abundan en los gimnasios.

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