La flacidez

La flacidez

Septiembre 29, 2017 - 11:45 p.m. Por: Eduardo José Victoria Ruiz

Los jóvenes nunca pronuncian esta palabra. Ellos dicen que algo está blandito, tembleque, pero jamás flácido. La razón es sencilla: en ellos nada está flácido. Un hombre divertido que no dejamos de extrañar, José Vicente Borrero Velasco, decía que con los años a uno se le ablanda todo lo que se debía poner duro y se endurece lo que debía ponerse blando, las arterias por ejemplo. De los primeros, es mejor no enumerarlos.

La flacidez cambia hasta la geometría: huesos rectos como el húmero, terminan pareciendo curvos por la comba que dejan los laxos músculos entre el codo y la axila. Precisamente, estas fronteras también se vuelven más reveladoras de la edad que el carbono 14 pues hasta el codo se convierte en un pequeño acordeón que deja al descubierto la realidad del bótox del rostro de su portadora. El codo es tan delator que no perdona ni la escasez de carne.

Los tatuajes conocen otra dura realidad por cuenta de la flacidez. A causa de la pérdida del tono muscular, el grabado en la piel del largo cuello de la altiva jirafa termina con el tiempo convertido en la descolgada trompa de un elefante viejo, casi un mamut. Como Hugh Heffner, incluyendo la tristeza del paquidermo.

Con los años vamos desarrollando un rechazo hacia lo duro, hasta en política, y aparece en la vida una dulce tolerancia hacia muchas cosas. La rigidez de los músculos se sustituye por la flexibilidad del pensamiento, por la manera más divertida de ver la vida.

Comenzamos a abandonar los turrones y empezamos a disfrutar como nunca, los flanes y gelatinas. Conozco amigos mayores que decidieron insistir en seducir barras de granola y terminaron quebrando sus dientes y hasta perdiendo la caja. Ambas, la del banco y la de dientes.

La vida, gran maestra, te invita a descubrir que se pierde masa muscular porque se deja volar lo que sobra; con el exceso de fibra se van también necedades y expectativas sin polo a tierra. Queda la esencia; es una invitación a descubrir el tesoro bajo un cuerpo al que las historias han hecho laxo; allí están las sorpresas como las cajas de Pandora que no cesan de sorprender. Como la lava caliente y seductora que hay dentro de un flácido volcán de chocolate.

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