El fin de los secretos

Abril 28, 2017 - 11:55 p.m. Por: Eduardo José Victoria Ruiz

¿Sabe usted qué tienen en común videos de intimidad sexual, la Fifa, el carrusel de contratos de Bogotá y Odebrecht? El hilo conductor es que todos sin excepción, en su momento, fueron secretos inexpugnables, conversaciones o actos entre muy pocos, unos pecadores, otros amantes, que por razones tecnológicas vieron como todo un planeta se enteró hasta del más mínimo detalle de circunstancias construidas para ser tenidas y disfrutadas en la más celosa intimidad, pero sucedió todo lo contrario.

La tecnología para grabar llamadas, la nube que conserva lo aparentemente borrado, los drones, las ‘smart cities’ con su red de cámaras públicas y privadas, más el hecho que hoy cada ciudadano porte en su mano una cámara que le permite fotografiar o filmar lo que le provoque, han hecho que la intimidad se reduzca y que el secreto pierda el encanto que tuvo por años.

Surgió además la delación y con ella los beneficios a los delatores. Prender el ventilador hizo olvidar los códigos de honor y hoy el aroma de libertad en el corto plazo ha hecho que hablen los mudos y que los tímidos cuenten minuciosos detalles.

Con esa posibilidad tan grande de divulgación de lo oculto, no entiendo cómo la gente usa irresponsablemente las cámaras para tomarse fotos de consecuencias insospechadas. Frecuentemente mis amigos envían videos de jovencitas o de señoras en ropa interior o sin ella, que estoy seguro, posaron e hicieron ‘selfies’ con la bienintencionada motivación de tentar a su novio o a su amante. Caen en manos de cafres que la muestran como un trofeo; de burros tecnológicos, que por enviar la foto del día de la madre, envían la de su novia en panties a las amigas de la mamá, o de delincuentes que como ‘hackers’, o simplemente en un raponeo, quedan en su mano con un celular de tesoros privados.

Se acabaron los secretos. Hoy hay que asumir que todo puede ser destapado. Y en materia íntima, volver a la mente de los caballeros y las damas que conservan en su memoria los mejores momentos vivídos, aquellos que nadie usurpa y que cuando nos llegue el Alzheimer, Dios quiera sea de lo poco que conservemos intacto. O que por lo menos, sean la razón de nuestras sonrisas silenciosas.

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