Difíciles preguntas masculinas

Difíciles preguntas masculinas

Julio 21, 2017 - 11:45 p.m. Por: Eduardo José Victoria Ruiz

Hace algunas semanas en un coctel en Cartagena con aburridora abundancia de hombres, alguno preguntó qué era lo más duro que una mujer les había dicho en la vida. Las confesiones fueron muy diversas. Las vergüenzas e imaginación sobre las circunstancias lo eran aún más. “¿Por qué regresaste a mi vida si yo estaba tranquila?”; “Dime exactamente, ¿qué soy yo para ti?”; “¿A cuántas les has dicho esto mismo?”; “¿Te comprometes sinceramente a cambiar y no volverás a (aquí caben variados verbos, algunos para sonrojarse)?

Así sucesivamente las preguntas y comentarios nos hicieron imaginar momentos muy tensos de las relaciones y los cuestionamientos femeninos parecían no tener fin.

“¿Por qué me has trasladado la jartera que le tienes a mi mamá?”; “¿Qué porcentaje de lo que sientes por mí es sólo sexo?”; “Dime, ¿qué tiene aquella que no tenga yo?”; “No eres ni sombra del hombre del cual me enamoré”. Cada pregunta era un azote para el alma; nos hacía repasar momentos de la vida donde tartamudeamos interiormente cuando aquello pasó o nos imaginamos como contestaríamos ante tan difíciles preguntas que plantean nuestras parejas permanentes o transitorias.

Un amigo costeño, curtido en la vida y filósofo, se tomaba un trago frente a cada pregunta de los contertulios. No musitaba, pero todos sabíamos que él había vivido estas y más situaciones. Cuando la emotividad por el tema estaba en el clímax, dijo: “Eche, no hablen carraca; la pregunta más dura que le puede hacer una mujé a un hombre, tiene una sola palabra. Y esta sólo tiene dos letras”. Todos sorprendidos esperábamos la continuación. “Es: ¿Ya?”. Como quien dice, “¿Eso era todo?”.

Es esa pregunta dolorosa al final de la intimidad, bueno al principio del momento íntimo de ellas, donde los tipos por ansiedad o por otras razones, tienen un fugaz desempeño dejando insatisfechas las expectativas de su pareja. Difícil recuperarse, no hay resarcimiento. Vergüenza total. Ella con ese “¿Ya?” lacera con silicio el punto más sensible, el sueño de ser hiperamantes, el de un largo reconocimiento al final del concierto y no el aplauso efímero apenas sale el artista. No es sólo lo duro, sino lo complejo.

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