A guardar distancias

A guardar distancias

Agosto 04, 2017 - 11:45 p.m. Por: Eduardo José Victoria Ruiz

Una de las conductas que más admiro en las culturas es el respeto a la intimidad. En los temas, en las preguntas, en las distancias. Así como se lee, no me refiero al odioso manejo de los niveles jerárquicos, sino al respeto de ese entorno propio de cada quien, a ese aura sobre el ser humano y sus actividades íntimas. Entre nosotros aún estamos lejos de llegar al nivel requerido de respeto por quien nos rodea.

He visto personas haciendo cola en un cajero automático , casi que rastrillando con su hebilla al pobre cliente que está en el teclado, empinándose a mirar saldos y razones de la lentitud del de adelante. Me tocó ver un cliente molesto con el metiche de atrás, hasta el punto de voltearse ante su cercanía y toparse con que el intruso le responda “Quiubo vecino que no marca esa clave. Dele pués!” Habrase visto descaro igual?

Cómo es posible que uno vaya al médico y la secretaria de este pregunte: “¿Motivo de la consulta?” ¿Quién se siente tranquilo de comentar ante la multitud allí sentada que tiene senos bizcos, papada caída o digestión sonora? ¿Quién?

Este fin de semana estuve en el bello Salento, y en uno de sus pequeños pasajes comerciales debí ir al baño. Me encontré con la odiosa colombianada que cobran por permitirlo. Con disimulo, a la entrada pregunté si valía lo mismo la grande que la pequeña. Me dijeron que por los mismos 1000 pesos podía hacerlo.

Con disimulo me acerqué para que nadie se diera cuenta, le pagué y ella preguntó a todo pulmón: “¿Con papel o sin papel?”. Todos supieron exactamente en que andaba.

Compartiendo esto con un amigo me contó su caso: tenía una rasquiña intensa en el escroto, esa querida taleguilla que desde la niñez nos recuerda cómo quedará todo nuestro cuerpo. Fue a la droguería y le preguntó a la farmaceuta que qué tenía para la piquiña. Esta preguntó en alta voz: “¿Dónde le rasca?”. Mi amigo miró a su alrededor y todo el mundo estaba pendiente de su respuesta y además muchos eran conocidos de su casa. Entonces el contestó: “Pues… en la espalda”. La dependiente le trajo una pomada y otra vez en voz alta le dijo: “Esto es bendito. ¡Le va a servir para la espalda, y hasta para lo del escroto!”.

Además de imprudente y confianzuda era adivina la maldita.

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