Una obra para contarla

Abril 25, 2014 - 12:00 a.m. Por: Diego Martínez Lloreda

¿Miguel de Cervantes era de izquierda o de derecha? ¿Le donó William Shakespeare un acueducto a Stratford-upon-Avon, su pueblo natal? ¿Qué porcentaje de su vida vivió fuera de Rusia Fedor Dostoievski?No tengo la respuesta para ninguna de esas preguntas. Y la verdad es que a nadie le interesa conocerlas. Porque lo importante de estos tres gigantes de la literatura no fue su vida sino su obra. Y cualquiera que posea mínima cultura sabe que Cervantes escribió el Quijote, que Shakespeare es el autor de Hamlet y que Dostoievski concibió Crimen y Castigo.Todo este rollo lo echo a propósito de la muerte de Gabriel García Márquez y de la distorsión que muchos tienen frente a ese acontecimiento. Porque lo trascendente de Gabo no fue qué hizo por Aracataca sino qué hizo por la literatura.Como el 99% de sus lectores yo no conocí a Gabo en persona. Si acaso me lo topé en un par de eventos periodísticos. A quienes sí conozco, y muy bien, es a los personajes que su fértil imaginación creó.Al primero que conocí fue a Luis Alejandro Velasco, aquel marino que sobrevivió a un naufragio en altamar y cuya odisea Gabo contó de una forma magistral en Relato de un Náufrago. Nunca dejaré de agradecerle a Rigoberto Prieto, mi profesor de español en el Gimnasio Moderno que nos hubiera puesto a leer ese reportaje. Que es más literario que periodístico, porque quien cuenta la historia no es Velasco sino Gabo, con su muy peculiar estilo.Ese primer contacto obligado con el mundo Garciamarquiano me contagió de una gabitis crónica, de la cual, hasta la fecha no he podido, ni he querido, curarme. Tras superar el estupor que me causaron las peripecias del marino Velasco, me topé con la historia del coronel que por 15 años espera una pensión que jamás llegó. Y luego me estrellé contra la zaga mágica de los Buendía.Años después, y no precisamente frente al pelotón de fusilamiento, Florentino Ariza, el hombre que esperó a Fermina Daza 51 años, 9 meses y 4 días, me enseñó que el amor eterno sí es posible.De la mano de Santiago Nassar aprendí que un drama pasional puede ser electrizante, a pesar que desde el primer párrafo a uno le cuenten quién es el muerto y quién el asesino.Mejor dicho, tras conocer a Velasco, al coronel, a Aureliano a Úrsula Iguarán, a Florentino Ariza, a Santiago Nassar y a Bayardo San Román, no precisé conocer a quien los creó para apreciarlo en toda su dimensión. Y, estoy seguro, lo propio le ocurre a cualquiera que haya leído la obra de Gabriel García Márquez.Que alguien se atreva a desearle que se vaya al infierno a quien es capaz de concebir esos personajes, y las historias que los rodean, simplemente refleja que ese alguien no se leyó una línea de lo que escribió ese genio.Por eso, a María Fernanda Cabal no hay que cuestionarla por imprudente ni por osada sino por ser una analfabeta funcional que no está capacitada para legislar en ninguna parte del mundo.Y a los dolientes del homenaje que, con plena justicia, el mundo le ha tributado al escritor Gabriel García Márquez, simplemente les recomiendo que lo lean. Tal vez luego de conocer ese universo de magia, poesía y sabiduría que Gabo creó, entiendan que lo trascendente de ese señor que se murió hace una semana no fueron los 87 años que vivió sino los 21 libros que escribió.

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