Un señor doctor

Un señor doctor

Abril 20, 2012 - 12:00 a.m. Por: Diego Martínez Lloreda

Ciertos seres dejan en las personas una huella imborrable. Uno de esos seres, en mi caso, fue Jorge Araújo, mi tío Joyo, fallecido el domingo pasado.No voy a desperdiciar este espacio público escribiendo intimidades de sobrino agradecido. Quiero, más bien, aprovechar el privilegio que tuve de ser un testigo de primera línea de su existencia, para recordarles a quienes lo habían olvidado y contarles a quienes lo ignoran el inmenso aporte que el doctor Araújo les hizo a Cali y el Valle.Aterrizó en estas tierras en 1954, lo que implica que casi dos terceras partes de su vida las vivió en Cali. Esa década de los años 50, fue sin duda una de las épocas doradas de la ciudad: decenas de multinacionales se instalaron aquí, surgieron la Universidad del Valle y la CVC, se construyó Anchicayá, nacieron el Festival de Arte y la Feria teníamos una de las más preparadas clases dirigentes del país... otros tiempos. La Cali pujante de los 50, en la que aterrizó tras terminar su subespecialización, era el escenario más propicio para que este médico cartagenero pudiera aplicar los avances científicos que aprendió en la Universidad de Cornell. De allá fue ‘importado’, como tantos otros profesionales de la medicina, para trabajar en la naciente facultad de salud de la Universidad del Valle. Facultad que gracias al aporte de profesionales como Araújo llegó a ser una de las más importantes de América Latina.Fundó el departamento de medicina interna de la facultad y del Hospital Universitario del Valle, en donde trabajó durante casi 30 años. Una vez jubilado, en lugar de dedicarse a jugar golf, deporte que lo apasionaba y practicaba muy bien, decidió sumar esfuerzos con otros médicos y empresarios ilustres, para darle a Cali el mejor centro de salud del país: la clínica Valle del Lili.Fue Araújo uno de los mejores médicos que ha tenido Cali, dotado de un prodigioso ojo clínico, que desarrolló gracias a su inmensa capacidad de observación y análisis, tal como recordó en sus exequias Rodrigo Guerrero, uno de sus discípulos. Pero por encima de todo fue un maestro que compartió con sus estudiantes, de la manera más generosa, sus conocimientos y su visión apostólica de la medicina. En mi sentir, el principal aporte de Jorge Araújo a Cali fue haberles transmitido a varias generaciones de médicos caleños la pasión y el inmenso respeto por esa profesión. Muchos de ellos, conmovidos se acercaron a la velación del maestro, a dar testimonio de lo que le aprendieron de él como profesionales y como hombres.De sus virtudes humanas sí que puedo dar fe. No he conocido un hombre más correcto, más prudente, más honesto, más sencillo. Nunca le oí hablar mal de nadie, ni decir una palabra fuera de lugar. Jorge Araújo fue un gran doctor y un gran señor. Mentalmente, hasta los últimos días de su vida fue un joven que nunca perdió la curiosidad ni el interés por aprender más. Lamentablemente esa mente lúcida terminó encerrada en un organismo desgastado por el paso natural de los años.El consuelo para quienes lloramos la partida de Jorge Araújo es que nos quedan la tía Geña, mi segunda madre, y sus cuatro hijos, herederos afortunados de las virtudes que enaltecieron la vida de ese ser formidable.

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