Un cuento chino

Septiembre 23, 2011 - 12:00 a.m. Por: Diego Martínez Lloreda

De lo que más se quejan quienes visitan China es de la comida. Pues me perdonan la crudeza, pero a mi regreso de ese inmenso país, confieso que en lo personal me pareció mucho más complicada la descomida.Es cierto que lo que se come en la tierra de Mao no tiene nada que ver con le que le venden a uno aquí como comida china. Allá en ningún restaurante le dan a uno razón ni del chop suey, ni del chow fan. En su lugar sirven unas cosas que por su aspecto es mejor ni preguntar qué son.Pero lo de la descomida sí es verdaderamente dramático. Entre las cosas que no han llegado a esa lejana nación, además del facebook y el twitter está el cómodo ‘trono’ en el que los occidentales damos del cuerpo. Allá uno se ve obligado a hacer tales necesidades en una letrina, cuyo uso exige habilidades propias de un acróbata de circo chino. Sólo comprendí cómo se debía usar ese mingitorio, cuando vi en plena acción a un chinito, que además al mismo tiempo hablaba plácidamente por celular. Pero los inodoros no son lo único que escasea en la China. Conseguir artículos, que aquí son de primera necesidad, como la crema de afeitar es una verdadera proeza. Será porque los orientales son lampiños. Pero debí recorrer al menos diez farmacias para conseguir ese artículo. A Gillette le va a tocar inventarse alguna estratagema si quiere morder algo del mercado chino. Porque, por ahora, como dicen los españoles, no se comen una rosca.De verdad China es otro mundo. Un país en el que se manejan unos códigos muy diferentes a los que nos gobiernan a los occidentales. La capacidad de trabajo de esa gente impresiona. Por ejemplo, las sastrerías trabajan 24 horas y si usted manda a hacer cualquier prenda, se la tienen al día siguiente.Con ese ritmo, no es extraño que la China ya sea la segunda economía mundial. Y muy pronto será la primera. Con lo cual los occidentales corremos el riesgo de quedar bajo la égida de un pueblo que no entendemos. Y es que hasta el momento Occidente ha dedicado todo su empeño a procurar que China lo entienda. Pero ha hecho muy poco por comprenderlos a ellos.¿Cuantos de nosotros --por ejemplo-- sabíamos que hasta hace cien años China era una nación feudal y que sus habitantes vivían como los europeos de la edad media? Incluso, buena parte de China vivió así hasta hace 30 años cuando Deng Xiao Ping abrió la economía de la nación. Cuando uno se entera de esa realidad, comienza a entender las contradicciones del pueblo chino. Y que una nación tan poderosa y dinámica en lo económico sea tan conservadora en lo social. Y tan reticente a dejarse ‘contaminar’ del mundo occidental.Pensar, por ejemplo, que China a corto plazo adopte un régimen democrático es utópico. Primero, porque los chinos no están preparados para gobernarse, ni educados para elegir. Y segundo porque si algo claro tienen los chinos es que gobernar a un gigante de 1.300 millones de habitantes requiere de un Estado fuerte y estable que la democracia no les puede ofrecer.Mejor dicho, para los chinos digerir las recetas de la democracia será tan complicado como es para los occidentales comer, y descomer, las ‘delicias’ de la gastronomía china.

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