Sembrando el caos

Agosto 23, 2013 - 12:00 a.m. Por: Diego Martínez Lloreda

El terreno que las Farc han perdido en lo militar, lo están ganando en lo político: a través de esta segunda vía están logrando lo que nunca alcanzaron a punta de bala, poner el país patas arriba.Porque, no lo duden, detrás de esta epidemia de paros y protestas que se extiende por el país están los diversos brazos políticos de las Farc. Basta con escuchar a los líderes de las protestas para establecer que éstas no han sido organizadas espontáneamente por campesinos insatisfechos con la política agropecuaria del Gobierno, sino por curtidos agitadores políticos. Ya conocíamos al señor Jerez, el líder del paro del Catatumbo, un personaje que nunca ha sembrado un fríjol, que estudió en la Universidad Andrés Lumumba de Moscú y que habla nueve idiomas.Y ayer por la mañana tuve la ocasión de escuchar en la radio al ‘cabecilla’ de las protestas en Boyacá, un individuo que se autocalifica como papero a pesar de admitir que no tiene tierra ni en el ombligo y que es un ingeniero agrónomo de “una universidad pública”, que presumo es la Nacional, donde, al parecer, lo único que aprendió a sembrar fue el caos. Lo grave es que para promover estas protestas las Farc usan la combinación de formas de lucha que causó la desaparición de la UP. Me enteré, de buena fuente, que en Timbío, Cauca, guerrilleros de las Farc, con fusil terciado, van, casa por casa, ordenándole a la población que apoye la protesta. “Si en una casa hay tres personas, dos deben ir a la marcha y una se queda cuidando la casa”, me dijo la fuente.Un método idéntico deben estar utilizando en el resto del país. Mejor dicho, en lugar de tratar de movilizar a los campesinos convenciéndolos de la legitimidad de la protesta, lo cual no debe resultar muy difícil dado el estado de postración en el que está sumido el campo nacional, las Farc los obligan a marchar con el método que han perfeccionado en los últimos 50 años, a punta de intimidación. Tampoco creo que un campesino boyacense, que es de la gente más sana y pacífica que puede existir, vaya a obligar a un conductor de una tractomula a detenerse para luego rociar de gasolina su vehículo y prenderle fuego. Esos son métodos propios de las Farc, no de los nobles campesinos de la altiplanicie cundiboyacense. Este modus operandi de las Farc es un muy mal indicio de lo que será su proceder político una vez firmen un acuerdo de paz, sobre todo si el Gobierno no se cerciora de que todos los guerrilleros se desmovilicen y entreguen sus armas. Una tarea más compleja, aún, que firmar la paz.Si las Farc van a usar este proselitismo armado para obligar a los campesinos a votar por los candidatos que ellos les señalen, como hoy obligan a la gente a apoyar la ‘protesta’ social, es mejor que no firmemos ninguna paz. Ahora, al menos sabemos dónde está el enemigo y tenemos claro cómo combatirlo. Pero una democracia construida a punta de intimidación es el peor escenario que podemos tener.Siempre será preferible una democracia amenazada que una democracia amedrantada por los perversos métodos de una guerrilla que, al parecer, en lugar de cambiar su forma de lucha lo que pretende es hacerse al poder combinando el voto con el fúsil.

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