Problema muy bravo

Problema muy bravo

Junio 01, 2017 - 11:55 p.m. Por: Diego Martínez Lloreda

El de las barras bravas no es un problema del fútbol. Es un problema de orden público.

Prueba de ello es que para un partido ‘importante’, tipo América-Cali, tienen que destinarse 1400 agentes de la Policía para garantizar la seguridad de la ciudad. 800 se despliegan dentro y en los alrededores del estadio, y el resto en zonas críticas donde se aglomeran los hinchas para seguir los encuentros.

La labor de la Policía comienza 24 horas antes de los partidos, pues tienen que hacer un barrido meticuloso del escenario deportivo para cerciorarse de que no haya armas o droga encaletadas. Y se prolonga hasta varias horas después del partido, cuando deben asegurarse de que los hinchas regresen a sus casas sin cometer una asonada, ya sea porque su equipo ganó o perdió.

Mejor dicho, con los desafíos de inseguridad que padece Cali, varias veces al mes la Policía debe dedicar, durante más de 24 horas, el 20% de su pie de fuerza a controlar a unos vándalos que se camuflan tras la camiseta de un equipo de fútbol para cometer toda clase de fechorías.

¡Qué despropósito! Máxime cuando los partidos de fútbol son un espectáculo privado, cuya seguridad es responsabilidad de los organizadores del mismo, como ocurre con los conciertos. Y si los organizadores no pueden garantizar esa seguridad, simplemente el espectáculo no debe realizarse.

Por eso, la Alcaldía de Cali no puede ceder ni un milímetro en las condiciones que ha puesto para volver a permitir la realización de partidos en el Pascual Guerrero. Y no puede seguir el pésimo ejemplo de la Dimayor, ente rector del fútbol nacional, que cuando ocurren desmanes como los de hace diez días, toma medidas draconianas, que ante el primer pataleo de los equipos echa para atrás.

Precisamente eso es lo que acaba de hacer con el Deportivo Cali y el América, a los que les rebajaron a la mitad las sanciones originales. El problema es que para la Dimayor el suculento negocio del fútbol está por encima de la tranquilidad ciudadana. Con el agravante de que los directivos de los equipos son, en buena parte, los responsables de la salida de madre de las barras bravas, tal como lo denunció César Polanía en su columna del domingo pasado.

En ese escrito, César cuenta que un exdirectivo del América le confesó que “en el 2014 se le regalaban hasta 2000 boletas -por valor de unos $30 millones- a la barra Barón Rojo Sur y otro tanto se las fiaban. En los libros de contabilidad llegaron a aparecer cuentas pendientes de esta barra con el América hasta por $98 millones. No conformes, pedían que les fiaran el resto para llenar la tribuna de Sur”.

Mejor dicho, los directivos de los clubes cayeron en el chantaje de las barras y para que estas no se alboroten les dan boletas, que luego venden. Y para que a los directivos no se les ocurra quitarles ese regalito, de vez en cuando las barras arman la guachafita, como para recordarles de lo que son capaces.

Lo primero que hay que hacer, entonces, es romper ese cordón umbilical entre clubes de fútbol y barras. Y que la plata que les entregan a esas hordas, la inviertan en seguridad, para devolverle la paz a los estadios. Y si tras mejorar la seguridad y cortarles el chorro a las barras, los desmanes siguen, habrá que cerrar los estadios indefinidamente.

Entonces nos dedicamos a ver la Champions y la Liga de España, que brindan un espectáculo mucho mejor a un costo infinitamente menor.

Sigue en Twitter @dimartillo

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