Otálora y otros cínicos

Otálora y otros cínicos

Enero 29, 2016 - 12:00 a.m. Por: Diego Martínez Lloreda

Como “un artificial escándalo mediático” calificó Jorge Armando Otálora el enredo que lo obligó a renunciar a la Defensoría del Pueblo.Darle esa connotación a semejante escándalo es el postrer acto de desvergüenza de este maestro del cinismo que es el doctor Otálora. Porque las explicaciones que dio y las actitudes que asumió desde que se hicieron públicas las acusaciones que Astrid Cristancho formuló en su contra, son un compendio de cinismo avanzado.Cuando esta exreina lo sindicó de acosarla, Otálora admitió haberle enviado chats insinuantes y fotografías obscenas. Sin embargo, afirmó que actuó motivado por el amor que ella le inspiraba. La única culpa que reconoció fue la “de haberme enamorado de una mujer”. Su cinismo patológico le impidió admitir las metidas de pata que cometió, llevado por la desenfrenada excitación que le producía la joven. Y es que cualquier hombre público tiene que saber controlar su libido. En ese tipo de personajes, y así lo señala la Corte Constitucional, toda actuación privada afecta su imagen pública. Que alguien con esa notoriedad se saque una foto mostrando el pipí es la cuota inicial de un escándalo. Sobre todo si es el Defensor del Pueblo, cuya autoridad es en esencia moral, pues no puede sancionar a nadie. Quien, ostentando esa dignidad, asume ese tipo de actitudes pierde la autoridad que requiere para ejercer el cargo. Así, al final se compruebe que lo que hubo entre él y Astrid fue “una relación consensuada” y no un acoso. Ello no me extrañaría. Como tampoco que la exreina, que ahora posa de víctima, guardara las fotos como una suerte de seguro por si el romance acababa mal. (Dudo que las haya preservado por su valor estético). Lo que no justifica el proceder de Otálora en todo este escándalo. El exdefensor puede ser el cínico de moda, pero no es el único que ha brillado por su desfachatez en estos días. Horacio Serpa, uno de los que reclamó la renuncia de Otálora, no se queda atrás. Puede haber mil razones para pedir esa dimisión. Pero Serpa no tiene autoridad para exigir renuncias a nadie. Él, que para unos fue el gran escudero de Ernesto Samper y para otros su mayor cómplice, no debería ni pronunciar ese verbo, pues su papel fue decisivo para atornillar a su puesto al presidente colombiano que más razones ha tenido para alejarse del cargo.En Cali también tenemos nuestro rey del cinismo: el concejal Malo, flamante presidente del Cabildo. Es increíble que alguien que posee más de 700 ‘recomendados’ en el Municipio, según me confirman fuentes de la Alcaldía, tenga la desfachatez de afirmar “no tengo un solo funcionario en la Administración” y que sostenga que él no es clientelista sino “estudioso”, como lo hizo en la entrevista que este diario le publicó el domingo.De Ripley que quien fue el puente entre Si Cali y el gobierno de Apolinar Salcedo para la firma del nefasto contrato con el que se tercerizó el recaudo de los impuestos, diga que él nunca ha pedido un contrato. Y peor que asegure que los Mipichi no fue el grupo que él armó para mangonear al Concejo, sino un chiste de Nelson Garcés. Atribuirle ese chiste a alguien que no se puede defender es otra muestra de cinismo.En fin, Otálora no es un caso aislado de cinismo. Por desgracia, es una muestra de un talante político que ha hecho carrera en este país. Y del cual Serpa y el concejal Malo también son notorios representantes.

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