¿Mujeres de vida alegre?

Mayo 06, 2016 - 12:00 a.m. Por: Diego Martínez Lloreda

Fidelia Suárez es una especie de Policarpa Salavarrieta de las putas.Esta cordobesa, que por años ejerció el oficio más antiguo del mundo, fundó en noviembre pasado Sintraexco, el primer sindicato de ese gremio constituido en Colombia, y al que pertenecen más de 600 profesionales del sexo de 6 departamentos.En declaraciones a un diario capitalino, Fidelia explicó que su objetivo al constituir tan peculiar sindicato, además de defenderse del acoso de la Policía, (no especifica a qué tipo de acoso se refiere) es lograr el “apoyo de entes gubernamentales que son conscientes de que se debe valorar nuestro trabajo, a la luz de la igualdad de derechos que establece la Constitución”.Estaban en mora quienes ejercen este oficio de sindicalizarse porque si hay un trabajo duro y denigrante para el ser humano es ese. Es tan incomprendida esa actividad que alguien le dio por llamar a quienes la desempeñan ‘mujeres de la vida alegre’.¿Vida alegre? ¿Habrá algo más triste que tener que complacer, a cambio de un puñado de billetes, a borrachos, drogadictos, despechados, apestosos aberrados y demás especímenes que recurren a sus servicios?Al contrario de lo que cree el imaginario colectivo, casi ninguna mujer se mete a esa profesión por casquifloja. La inmensa mayoría lo hace porque, aparte de vender su cuerpo, no encuentran otra manera de ganarse el pan. Tiene toda la razón, entonces, Fidelia cuando dice que ese oficio debe ser valorado y protegido. En lo que no concuerdo con esta líder sindical es cuando manifiesta que prefiere que a sus agremiadas las llamen trabajadoras sexuales y no por su verdadero nombre. Primero por razones poéticas y literarias ¿Quién se leería un libro titulado Memorias de mis trabajadoras sexuales tristes? Segundo, por asuntos gramaticales y por economía de palabras: no hay mejor vocablo para denominar a quienes ejercen esa profesión que ese bisílabo.Y sobre todo, porque en este país no puede seguir haciendo carrera esa costumbre de darles nombres eufemísticos a ciertas actividades y conductas, con el único fin de maquillarlas.Gracias a ese hábito, ahora ya no hay ladrones sino amigos de lo ajeno; y no hay funcionarios bandidos sino prevaricadores, ya no se cometen atracos al erario público sino desviaciones de recursos. Tampoco hay violaciones sino abusos sexuales, ni empresarios pícaros sino defraudadores. Ahora a los terroristas les dicen insurgentes (y luego los llamarán ministros). Lo que antes era una vulgar estafa, ahora lo llaman desfalco, a la complicidad ahora la califican de negligencia, a los jueces torcidos les dicen que se extralimitan, de las licitaciones amañadas ahora dicen que fueron adjudicadas sin cumplir los requisitos que establece la ley. Mejor dicho, en lugar de tratar de erradicar esas conductas, esta sociedad hipócrita y doble moralista se ha encargado de encubrirlas a través de unas palabras pomposas y rebuscadas.Pero ni siquiera por eso se justifica que dejemos de llamar a las putas por su nombre, porque la actividad que cumplen, antes que un delito, es una forma de ganarse el sustento.En consecuencia, a esta defensora de los derechos de este antiguo gremio le sugiero, que en lugar de bautizar a su sindicato con el anodino nombre de Sintraexco (parece la identificación del sindicato de exportadores de coco) lo llame, simplemente Sintraputas.Sigue en Twitter @dimartillo

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