Lo barato sale trágico

Diciembre 01, 2016 - 12:00 a.m. Por: Diego Martínez Lloreda

La triste historia del accidente del avión que transportaba a los jugadores del Atlético Chapecoense parece el guión de una mala película. Ese hipotético filme hubiera sido un rotundo fracaso por inverosímil y por absurdo.Para comenzar, resulta muy difícil, casi imposible, asimilar que 71 personas pierdan la vida en un accidente aéreo porque el avión que los transportaba se quedó sin gasolina. Cierto es que la mayoría de las tragedias aéreas tienen orígenes absurdos. Buen ejemplo de ello es el accidente del avión de American Airlines, ocurrido hace 21 años. Ese siniestro, que enlutó a tantas familias caleñas, se produjo porque el piloto oprimió una tecla equivocada del computador en la aproximación final, con lo cual el aparato se desvió de su ruta y terminó estampillándose contra el cerro San José.Pero lo acontecido con el accidente del avión de la aerolínea Lamia trasciende los linderos de lo inexplicable. O cómo comprender que un piloto experimentado acepte cubrir un recorrido de 2.900 kilómetros en un avión que tiene autonomía de vuelo para 2.800 kilómetros. Igual de absurdo, que no haya atinado a ripostar el avión en Bogotá o en una ciudad cercana y que haya corrido el riesgo de llegar a su destino con el mínimo de combustible. Con lo cual, ante cualquier contingencia, se exponía a lo peor.Tampoco me cabe en la cabeza que equipos tan importantes como el Nacional o la selección Argentina usaran los servicios de esa aerolínea de pacotilla, que tiene tres aviones, dos de los cuales están fuera de servicio.Todo indica que el factor costos fue el que generó el éxito de esta empresucha, que al parecer cobraba por sus charters tarifas muchos más bajas que las de las empresas serias. Lo que le agrega otra arista a este drama: Por ahorrarse unos dólares los voraces directivos del fútbol suramericano pusieron en riesgo la vida de decenas de jóvenes.Pero lo que le agrega mayor dramatismo al accidente ocurrido el lunes es la historia del Chapecoense. Ese equipo, fundado hace cuarenta y pico de años, era un solemne desconocido en un país en el que el fútbol es una religión. Militó durante décadas en categorías inferiores y apenas hace dos años dio el salto al famoso ‘brasileirao’. Y con apenas dos participaciones había logrado clasificar igual número de veces a la Copa Suramericana.En esta última versión del torneo continental, sacó del camino a equipos históricos como el San Lorenzo de Almagro y al Junior de Barranquilla y clasificó a la final. Instancia que debía disputar con el actual campeón de la Copa Libertadores. Semejante hazaña había convertido a esa escuadra en el mayor referente y máximo orgullo de Chapecó, pequeña población del sur de Brasil de apenas 220.000 habitantes. No exagero: el Chapecoense puso en el mapa esa modestísima localidad.Y cuando ese enano del fútbol más gigantesco del mundo, cuando el mayor orgullo de aquel pueblo lejano estaba a punto de conquistar la gloria, el sueño se choca de frente contra una montaña en un avión que se queda sin gasolina. Más triste, imposible.Insisto, si este fuera un guión cinematográfico, la película resultaría un fracaso por absurda y melodramática.Por desgracia, semejante suma de absurdos no es producto de una fantasiosa ficción sino de la más cruda realidad que nos recuerda, de una forma brutal, que los hombres somos unas briznas de hierba en las manos de Dios.Sigue en Twitter @dimartillo

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