La paz, ¿un negocio para quién?

La paz, ¿un negocio para quién?

Agosto 24, 2012 - 12:00 a.m. Por: Diego Martínez Lloreda

“La paz es la victoria”. Sin duda, la inmensa mayoría de los colombianos está de acuerdo con esa frase, que pronunció el presidente Juan Manuel Santos, durante la ceremonia en que su hijo Esteban se enlistó en el Ejército. Pero ese fervoroso deseo de paz no puede llevarnos a pensar con el deseo. No podemos olvidar que la contraparte en una eventual negociación de paz sería la minoría a la que no le interesa y no le conviene la paz: los violentos y en especial las Farc.Aunque parezca una perogrullada hay que decir que el negocio de las Farc no es la paz, es la guerra. Hace rato abandonaron el objetivo de tomarse el poder por las armas. Para ellos, la insurgencia dejó de ser un medio y se volvió un fin. Además, su poder radica en las armas que portan. Y ese poder está sustentado en otra actividad tan ilegal y nociva como la violencia misma: el narcotráfico. Por tanto, para la guerrilla la paz es un negocio pésimo. ¿Qué ganarían a cambio de colgar los fusiles y de dejar el narcotráfico? Si por las armas no van a alcanzar el poder, mucho menos a través de la política. En todas las encuestas, las Farc aparecen como la organización más odiada por los colombianos. Y con cada ataque a un pueblo o con cada nuevo acto de sabotaje ese repudio se incrementa. Los pocos que apoyan a las Farc no lo hacen por convicción sino por miedo. Y el miedo se genera con el poder del fusil.Las guerrillas que tienen algún ascendiente popular son las que terminan cambiando las armas por los votos. En el Salvador, por ejemplo, cuando el Frente Farabundo Martí depuso las armas tenían el apoyo del 45% de la población. Por ello, le convenía desmovilizarse para emprender la lucha democrática. Pero con las Farc, insisto, no ocurre ello. Si llegasen a abandonar la lucha armada para involucrarse en la disputa democrática, los votos no les alcanzarían ni para elegir el alcalde de Puerto Escondido.Lo que sí les interesa a las Farc es enredar a los incautos que aspiran a pasar a la historia como los pacificadores del país. Cualquier concesión que el Estado les haga les sirve para tomar un segundo aire y recargar pilas para recrudecer su accionar violento. La experiencia del Caguán no se nos puede olvidar. Nunca el Estado colombiano fue tan generoso en su búsqueda de la paz y nunca la insurgencia fue tan mezquina. Es cierto que hoy la guerrilla está mucho más diezmada que entonces. Pero me temo que no lo suficiente como para sentarse a buscar la paz de una forma sincera.Aún tienen 8.000 hombres en armas y el negocio del narcotráfico les deja enormes ganancias. Lo que el Estado les ofrece a cambio de dejar esas actividades no compensa lo que perderían al reintegrarse a la sociedad. Las Farc sólo se sentarán a negociar en serio cuando se vean al borde de la aniquilación definitiva. Por lo tanto, hay que llevarlas a ese punto. Con lo cual, en lugar de bajar la guardia, lo que corresponde ahora es alistarnos a ejecutar el último capítulo de esta guerra, para poner a la guerrilla contra las cuerdas y que finalmente se decida, de una forma sincera, a tirar la toalla. Eso no es ser guerrerista. Es, simplemente, ver las cosas con realismo.

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