La maldición de Univalle

Junio 10, 2016 - 12:00 a.m. Por: Diego Martínez Lloreda

Por años, la Universidad del Valle estuvo regida por la estrategia del ‘tapen tapen’. Por eso, resulta saludable que Edgar Varela, actual rector del centro educativo más importante de la región, saque a la luz pública las gravísimas irregularidades que ocurren en el interior del campus universitario.Esa política de hacerles ‘pasito’ a los criminales que pretenden “volver la universidad una tierra de nadie”, como dice Varela, le resultó muy útil al anterior rector, pues logró que esos pillos que se disfrazan de estudiantes minimizaran sus acciones vandálicas. Pero a largo plazo fue funesto, porque a esos bandidos se les dio patente de corzo para volver la universidad un “espacio para que se expanda el microtráfico en el sur”, para que construyeran caletas para esconder drogas y explosivos y hasta para que tuvieran narcocultivos en pleno campus.Esas políticas de apaciguamiento a la larga tienen un efecto boomerang, porque los delincuentes las aprovechan para fortalecerse y para extender sus crímenes. Por eso aplaudo que Edgar Varela tenga la gallardía de denunciar esta situación. Y, lo que es más importante, de enfrentarla.En los años que llevo ejerciendo el periodismo es la primera vez que oigo a un rector de Univalle decir que “no se puede mantener la idea de que aquí siempre habrá tropeles y disturbios”. Y es que las directivas de la universidad terminaron resignándose a que los “capuchos” armen el despelote cuando les venga en gana, como si esa fuera una maldición de la cual Univalle no se puede librar.Semejante claudicación terminó por envalentonar a esos “capuchos” que la semana pasada, no contentos con armar el caos en la Pasoancho, llegaron a la Calle Quinta y destrozaron una estación del MÍO. Ese acto terrorista ni siquiera tenía por fin protestar por nada. Lo que buscaban estos criminales era apoderarse del dinero del recaudo que estaba en la taquilla de la estación. Para rematar, los “capuchos” reaparecieron antier y volvieron a hacer de las suyas. Si no se les pone freno pronto, estos terroristas terminarán quemando alguno de los edificios que quedan en inmediaciones de la universidad. De ahí, la validez de las advertencias de Varela.Pero por muy pantalonudo que sea, la misión de acabar con los focos delictivos que existen en Univalle no la puede acometer él solo. Se requiere del apoyo de las autoridades de la ciudadanía y, sobre todo, de los propios estudiantes que son los más interesados en que su universidad se limpie.Es verdad, como dice un líder sindical estudiantil, que “los disturbios de la semana pasada no se le pueden achacar a los estudiantes, porque eran 15 vándalos con la cara tapada y esta comunidad es de 25.000 personas”.Pero también lo es que muchos estudiantes saben quiénes son esos 15 vándalos y no tienen el valor civil de denunciarlos. Con lo cual, son cómplices, por omisión, de sus fechorías.Los estudiantes tienen que superar el miedo y desenmascarar, nunca mejor dicho, a estos criminales, para que las autoridades procedan a detenerlos.Dejar solo al rector en su empeño de librar la Universidad de las garras del crimen, sería un error imperdonable.Es ahora o nunca. Porque como dice Édgar Varela, no se puede permitir que unos cuantos desadaptados conviertan en un campo de batalla a una universidad que en estos tiempos de posconflicto, debe ser, por antonomasia, un centro de construcción de paz.Sigue en Twitter @dimartillo

VER COMENTARIOS
Columnistas