El fútbol, secuestrado

Septiembre 27, 2013 - 12:00 a.m. Por: Diego Martínez Lloreda

No hay que descartar la idea de cancelar el actual campeonato nacional de fútbol, ante los recientes hechos de barbarie en los que se han visto involucrados los miembros de las barras bravas de algunos equipos.Entre otras, no sería la primera vez que se toma una medida de ese tenor. En 1989 el gobierno canceló el torneo, tras el asesinato del arbitro Álvaro Ortega. Me pareció una medida oportuna y eso que el líder del campeonato era Millonarios, que hubiera completado en ese entonces, y con 23 años de anticipación, las 14 estrellas.Entonces, suspender el torneo no implica acabar con el fútbol nacional. Al contrario, a lo mejor tan drástica medida sirve para salvar un espectáculo que, no nos digamos mentiras, está en franca crisis. Vaya paradoja. Al mismo tiempo que la calidad de nuestros futbolistas crece-- ya somos la cuarta potencia exportadora a nivel mundial detrás de Brasil, Argentina y Uruguay-- el espectáculo se deteriora.Ir al estadio es peor que ir a la cárcel. Hay que atravesar hasta cuatro cordones de seguridad para ingresar. Y adentro, el ambiente es hostil. Y no sólo entre los integrantes de las barras bravas. Vestir la camiseta o festejar un gol de un equipo visitante es motivo suficiente para ser agredido. Lo viví en carne propia una vez que tuve el arrebato de celebrar un gol de Millos en un partido contra el Cali, en el Pascual, y casi me linchan. Ir a fútbol ya no es el plan familiar que era años atrás. Las primeras veces que fui al estadio no tendría más de cinco años y lo hice en compañía de mi padre. Era un planazo. Nada se compara a la emoción de celebrar con el progenitor un gol del equipo del alma. Pero hoy a nadie se le ocurre llevar a fútbol a un hijo de esa edad. Lo peor es que nos hemos resignado a que la barbarie se apodere de los estadios. Y como no se hizo nada para evitarlo, ahora también se ve fuera de ellos. Al punto de que andar en la calle con una camiseta de un equipo es una osadía que se puede pagar con la vida. Por eso me gusta la idea de parar el campeonato, para que el resto del año hinchas, autoridades, periodistas, legisladores, directivos del fútbol y los propios futbolistas no sentemos a pensar cómo salvar esto que, más que un deporte, es una pasión vital. Las autoridades y los directivos de fútbol no pueden seguir tirándose la pelota ante la responsabilidad que les cabe por la violencia que rodea ese deporte. Pero, más que desgastarnos en hallar culpables, tenemos que invertir las energías en buscar fórmulas para recuperar este espectáculo. No se requiere gran creatividad para definir las acciones a seguir. Basta con adaptar a nuestro medio las medidas que tomaron las autoridades inglesas para poner a raya a los indeseables ‘hooligans’. Esto no se resuelve cancelando partidos y promoviendo pactos de paz entre barras bravas. A esos desadaptados que pretenden esconder sus instintos criminales detrás de la camiseta hay que tratarlos como lo que son: delincuentes de la peor laya. Y aplicarles el peso de la ley. En fin, no sería malo, en lugar de dedicar lo que queda del año a hacer fuerza para que el equipo de los amores quede campeón, que invirtamos este tiempo en hacer fuerza para que, de una vez por todas, rescaten el fútbol de los bárbaros que lo tienen secuestrado.

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