Diplomacia chamberliana

Septiembre 04, 2015 - 12:00 a.m. Por: Diego Martínez Lloreda

En los cinco años largos que Juan Manuel Santos lleva en la Presidencia, el manejo de las relaciones internacionales ha sido una de las asignaturas sobresalientes de su gobierno. Hasta hace dos semanas.Porque lo ocurrido en la frontera con Venezuela demostró que esa política de apaciguamiento que Santos ha tenido frente al orate que gobierna al vecino país no era tan conveniente como parecía.Cuando el actual Presidente llegó al poder, en el 2010, anunció una nueva política internacional que fue muy ponderada por quienes consideraban que las malas relaciones que Colombia tenía con varios de sus vecinos, en especial con Venezuela, se debía al carácter ‘pendenciero’ de Álvaro Uribe.Seis años después, ha quedado claro que esa política diplomática no ha dado los frutos que el país esperaba. En el caso de Venezuela, porque durante el gobierno de Uribe hubo muchos roces y subidas de tono, pero el chavismo jamás se atrevió a cometer con los connacionales que viven allá los atropellos que hemos visto en los últimos 15 días. Y es que no hay nada más peligroso que mostrarle a un desquiciado excesivo respeto, por no decir miedo. Santos no solo hizo eso sino que cometió la ingenuidad de convertir a ese lunático en el gran facilitador de su principal apuesta de Gobierno: el proceso de paz.Nicolás Maduro, que es loco pero no tonto, tenía claro que Santos adquirió una inmensa deuda con él y por eso, cuando lo necesitó, cobró por ventanilla. Por eso, en vísperas de unas elecciones que tiene muy embolatadas no dudó en armar semejante despelote en la frontera para desviar la atención sobre la catástrofe que vive su país y tratar de voltear las tendencias electorales.Y Santos actúo como Maduro esperaba. Al principio no dijo ni mú y después ha armado una alharaca con muy pocos efectos prácticos. Porque cualquier gobernante, con un mínimo de dignidad, con el 1% de los atropellos que han sufrido sus connacionales, al menos hubiera roto relaciones con el agresor. Pero ello implicaría no solo estar en pie de guerra con el vecino más cercano sino además arriesgar la posibilidad de la paz interna. Demasiado costo.Pero que la estrategia diplomática de Santos fracase con Maduro no es tan grave, entre otras cosas porque cuando se enfrenta a un orate no hay política que sirva. Mucho peor fue la derrota sufrida en la OEA, que demostró que esas amistades que se habían construido con tanto esmero en estos cinco años no lo eran tanto. Además, qué lástima que nuestra flemática Canciller no hubiera aprendido el principio castrista de que uno solo convoca votaciones cuando está seguro de que las va a ganar.Aunque ya puede ser tarde, ojalá los responsables de la diplomacia colombiana hayan aprendido la lección de que a los locos hay que tratarlos como tales.A lo largo de la historia numerosos gobernantes, para evitar líos, han tratado como cuerdos a locos de atar y han tenido estruendosos fracasos. El caso más conocido es el de Neville Chamberlain, el primer ministro inglés que trató de evitar la Segunda Guerra Mundial agachando la cabeza frente a Adolfo Hitler, con los resultados conocidos.Porque como dijo Winston Churchill, sucesor de Chamberlain y el gallo que los ingleses encontraron para enfrentar a Hitler, “si te humillas para evitar la guerra, te quedas con la humillación y con la guerra”.

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