Dilma Samper

Mayo 13, 2016 - 12:00 a.m. Por: Diego Martínez Lloreda

La salida del poder de la presidenta brasileña, Dilma Rouseff, no ha sido ningún golpe de estado, como ella, y sus partidarios, han pretendido presentarla. El proceso que terminó con la decisión de llevarla a juicio y con apartarla del cargo mientras ese juzgamiento se desarrolla, ha estado totalmente ajustado a la Constitución.Por supuesto, los miembros del Partido de los Trabajadores, al que pertenece Dilma, han pretendido tender toda clase de cortinas de humo para tratar de ilegitimar ese proceso.La mayoría destaca que la Presidenta no se ha robado un peso. Pero en su desespero han llegado a decir que lo que está pasando es un acto de machismo de unos congresistas que no soportan que los gobierne una mujer.Dilma pudo no haber robado, pero la pillaron maquillando las cuentas del Estado durante la campaña presidencial, para mostrar que el país estaba en mejor situación económica de la que en realidad vivía. Lo que es, además de un delito, un burdo intento de engañar al electorado. Con lo cual, merece que le caiga todo el peso de la ley.Estoy convencido de que, al contrario de lo que dicen los ‘dilmistas’ este proceso lejos de debilitar la institucionalidad del país, lo fortalece, porque al pueblo se le manda un mensaje contundente: en Brasil nadie, ni siquiera el Presidente de la República, está por encima de la ley.Lo que por desgracia no ocurre en Colombia. Aquí, quizás por una tara heredada de nuestro pasado colonial, el Presidente es una suerte de rey que hace lo que le da la gana y nadie lo toca. Hay un mecanismo para juzgarlo, pero es inútil porque esa responsabilidad recae en el Congreso, que sea el mandatario que sea, siempre es gobiernista. O lo vuelven, a punta de mermelada.El ejemplo más claro de la impunidad de la que gozan nuestros presidentes es Ernesto Samper a cuya campaña entraron US$ 7 millones del narcotráfico, que fueron decisivos para que éste llegara a la Presidencia, y pudo terminar su mandato como si nada.Que ese elefante se coló en la campaña samperista es algo que ni el propio Samper pudo ocultar. La discusión entonces se centró en si el candidato sabía o no. Lo cual era inocuo. Simplemente un triunfo electoral apalancado por los dineros del narcotráfico era totalmente espurio. Y por eso Samper debió caer.El juicio que se le siguió en la Cámara de Representantes fue una farsa montada por el entonces ministro de Gobierno Horacio Serpa, quien se encargó de enmermelar a Heyne Mogollón, sobre quien recayó la investigación, y a los demás representantes para que absolvieran al Presidente.Los que conocieron la forma como se compraron los jueces del Presidente creen que lo que hizo el samperismo para sostenerse fue incluso peor que lo que hizo para ganar las elecciones.Como resultado de esa farsa histórica, Samper no sólo no se cayó sino que siguió mangoneando la política criolla y hoy es el flamante secretario de la Unasur. Y Serpa, el responsable de la absolución del Presidente, como en buena hora se encargó de recordarlo Mauricio Vargas, es la cabeza del Partido Liberal y se vende como un patriarca, adalid de la moral y la ética.Esas distorsiones se presentan cuando las instituciones son incapaces de sancionar a quienes traicionan el mandato que se les confiere. En buena hora, el senado brasilero sentó un precedente histórico gracias al cual garantizará que los pícaros de hoy no se conviertan en los próceres del mañana.Sigue en Twitter @dimartillo

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