Cuestión de amistad

Cuestión de amistad

Diciembre 20, 2013 - 12:00 a.m. Por: Diego Martínez Lloreda

Leí en alguna parte que uno no se muere cuando se muere, porque cuando ello sucede, uno ya no está. En realidad se va muriendo, de a pocos, cuando la gente que uno quiere se va de este mundo. Y debe ser cierto porque siento que esta semana, con la noticia de la muerte de Antonio José Caballero yo también me morí un poco.No fui su amigo más cercano, ni trabajé a su lado, ni lo conocí desde la niñez. Tampoco puedo decir que nuestra amistad creció alrededor de nuestro oficio. Simplemente creo que entre los dos hubo química, nos caíamos bien.Me lo gocé muchas veces. En algunas ocasiones, en unos almuerzos eternos en Litany o Macarroni, sus restaurantes preferidos en Cali. En esos encuentros llenos de anécdotas, de amigos y de buen vino, emergía toda la gracia y la inteligencia de Antonio José. Casi siempre la usaba, hay que decirlo, para echarle el vainazo preciso a cada uno de los contertulios. O para referir algunas de las miles de anécdotas que cosechó en su largo trasegar por el periodismo. No fueron muchos los ratos que compartí con Caballero, pero sí muy intensos. Y es que la amistad no es un asunto cuantitativo. No se mide por el número de horas que uno comparte con la otra persona. Es un tema cualitativo. Por eso, hay amigos que uno solo ve un par de veces al año pero que siempre lleva en el corazón.De hecho yo no he sido persona de muchos amigos. He tenido pocos, pero, eso sí, muy buenos. Conservo un par, quizás tres, de mi vida ‘pasada’ en la que fui bogotano. Dos de ellos son compañeros del colegio y otro mi cuñado, Camilo, a quien conocí mucho antes que a su hermana, la mujer con la que he compartido 30 años de mi vida y a quien, según Gerardo Bedoya, le dieron el marido por cárcel. Camilo es tan buen tipo que me aprecia sinceramente, a pesar de que cometí la pesadez de meterme con su hermana.En Cali tengo un reducido y variopinto grupo de amigos. Uno de ellos, heredado de mi vida pasada, bogotano reencauchado en Cali, como yo. Y los otros sí, caleños de pura cepa. Unos que he hecho a fuerza de compartir horas y horas en el periódico, otros pertenecientes al legendario grupo de los Cuervos, que me adoptaron gracias a mi cercanía con mi primo Minano y con Mario Fernando y otros cosechados en los campos de golf. (Admito que he hecho más amistades que pares).Ese es uno de los costos que uno paga por ejercer el periodismo. Nadie puede pretender ser el más amiguero cuando se trabaja en este medio. Porque cuando este oficio se ejerce con un mínimo de rigor, se suman decenas de enemigos. Por cada crítica, por cada denuncia, hay alguien que se siente señalado. Y automáticamente ese se gradúa de enemigo de uno.Por otro lado, surgen una cantidad de seudo amigos que lo son porque uno trabaja donde trabaja. A estos solo les interesa el servicio que pueda prestarles. Y cuando el periodista se jubila, renuncia o lo echan, desaparecen como por arte de magia.Una de mis premisas como columnista ha sido no usar este espacio para tocar temas personales. Rompo ese principio porque, no lo puedo negar, la muerte de un querido amigo en estas fechas, en las que uno está especialmente susceptible, me ha puesto nostágico. A propósito, Feliz Navidad .

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