50 años

Julio 22, 2011 - 12:00 a.m. Por: Diego Martínez Lloreda

Hoy cumplo 50 años. Y por una sola vez he decidido dejar de lado mi costumbre --que más que eso es una premisa profesional-- de no tocar temas personales, para hacer una reflexión sobre lo que me significa llegar a esta etapa de la vida. Presento disculpas a mis lectores por cometer esta indelicadeza y les prometo que sólo la perpetraré cada medio siglo. Lo primero que debo admitir es que me considero un privilegiado. Contra todos los pronósticos de quienes me pronosticaron una vida disoluta, tuve el acierto de escoger la mejor compañera para recorrer este periplo vital. Excelente ser humano, dedicada madre y esposa, inmejorable profesional, Susana Santamaría ha sido el polo a tierra que un volador sin palo como yo requería para no estrellarse contra el mundo. Con ella he conformado una linda familia, en la que Laura y Juan Diego han sido la mejor cosecha. Ese par de hijos son lo mejor que me ha pasado en la vida.En lo profesional, tuve la inmensa fortuna de dedicarme a lo único que sabía hacer y a lo único que me ha gustado en la vida: el apasionante oficio del periodismo. Y por añadidura encontré un medio que se identifica perfectamente con la visión que tengo de esta actividad y que por espacio de casi 20 años me ha permitido expresar mis opiniones sin la menor cortapisa. Las poquísimas ocasiones que me han ‘colgado’ una columna ha sido para protegerme. Lo cual a estas alturas también agradezco, porque gracias a esas precauciones aún sigo aquí.No he sido de muchos amigos, pero sí de grandes amistades. A mis compañeros del Gimnasio Moderno les debo haberme soportado en mi turbulenta juventud y a mis amigos de la adultez les agradezco el consejo oportuno, la solidaridad sin límites, saber perdonar siempre mis impertinencias y apoyarme en los momentos difíciles. No necesito mencionarlos. Ellos saben perfectamente quienes son.No ha sido mi propósito vital hacer enemigos, pero cuando la labor periodística se desempeña con convicción, como he intentado hacerlo siempre, necesariamente se ganan malquerencias. Tengo, sin embargo, la satisfacción de llegar a esta edad sin odiar a nadie. Por ello, para rabia y frustración de mis contradictores, he de advertirles que no están correspondidos en su mala leche. No puedo ocultar que tengo cierta frustración y la sensación de que la batalla que he dado desde mi trinchera periodística por Cali, ha sido en buena medida estéril. La decadencia de la ciudad es inocultable. Cuando me inicié en esta labor, Cali era una ciudad más cívica, menos violenta, con mejor calidad de vida y tenía una clase dirigente mucho más solvente.Con lo cual, he de preguntarme si esa desgastante lucha, que tantos dolores de cabeza me ha dado, ha valido la pena. Y debo responder, que en lo personal sí, no entendería el ejercicio periodístico sin esa pelea por intentar rescatar a mi ciudad de los que se han adueñado de ella para su provecho. Mi gran consuelo lo encuentro en una sabia sentencia de Gerardo Bedoya --a quien no puedo dejar de lado al hacer este pequeño balance-- “vale la pena luchar por las causas perdidas: basta conocer a los vencedores”.O sea, que seguiré en la pelea, porque, como también pregonó Bedoya, “el mayor sentido de la lucha, es la lucha misma”.

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